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El Beso De Un Desconocido Que Cambió La Noche De Valeria Para Siempre-aurelle

Valeria volvió a mirar a Mateo después de leer el mensaje de Fernanda y entendió que regresar al restaurante significaba enfrentar algo mucho más complicado que la burla de Sebastián.

Adentro, su familia ya estaba intentando decidir qué parte de lo ocurrido era cierta y cuál había sido improvisada.

Mateo también leyó la expresión de Valeria.

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—Supongo que ahora viene la parte difícil —dijo.

—¿La parte difícil? Besaste a una desconocida delante de mi exnovio, dijiste que llevas 6 meses intentando casarte conmigo y ahora mi mamá cree que le oculté un prometido. Creo que la parte difícil empezó hace rato.

Mateo se llevó una mano al pecho, aceptando el golpe.

—Punto para ti.

Valeria quiso molestarse otra vez, pero la sonrisa volvió a escapársele.

Eso la irritó todavía más.

No quería que aquel hombre tuviera la capacidad de hacerla reír justo cuando toda su familia estaba probablemente inventando teorías detrás de la puerta.

—Tenemos que aclararlo —dijo ella.

—Sí.

—Todo.

—Casi todo.

Valeria entrecerró los ojos.

—¿Qué significa “casi”?

Mateo señaló la entrada del restaurante.

—Que si entramos diciendo que no nos conocemos y que inventé una propuesta matrimonial en menos de 30 segundos, tu ex va a utilizarlo para humillarte otra vez.

—No necesito que me salves de Sebastián.

—Ya me quedó claro.

—Entonces deja de actuar como si esto fuera una misión.

Mateo perdió la sonrisa.

—No lo es.

Aquella respuesta fue distinta.

Más seria.

Valeria lo observó por primera vez sin pensar en el beso, en Sebastián ni en las miradas de su familia.

Mateo Ferrer parecía demasiado cómodo en situaciones incómodas, pero no daba la impresión de estar disfrutando de su vergüenza.

Y eso importaba.

—Regresemos —dijo Valeria.

Entraron juntos, aunque esta vez ella mantuvo las manos pegadas al cuerpo.

La conversación en la mesa se apagó apenas los vieron acercarse.

Sebastián estaba de pie junto a Regina, hablando con Andrés.

La madre de Valeria miraba alternativamente a su hija y a Mateo con una mezcla de preocupación y curiosidad.

Fernanda fue la primera en acercarse.

—¿Estás bien?

—Sí.

Después miró a Mateo.

—Y tú vas a explicarme muchas cosas.

—Eso parece.

Sebastián soltó una risa desde el otro lado de la mesa.

—No hay mucho que explicar, Fernanda. Fue una actuación.

Valeria sintió cómo algo antiguo se tensaba dentro de ella.

Durante años Sebastián había tenido esa facilidad para hablar por ella, definirla, corregir su versión de las cosas y luego presentarse como la persona razonable.

Mateo abrió la boca.

Valeria levantó una mano.

—No.

Mateo la miró.

Ella sostuvo su mirada.

—Esta vez hablo yo.

Mateo asintió y dio un paso atrás.

Sebastián sonrió.

—Perfecto. Entonces dinos desde cuándo conoces al señor Ferrer.

Valeria respiró despacio.

Podía mentir.

Podía mantener la historia unos minutos más.

Podía permitir que Sebastián creyera que ella necesitaba inventar un hombre exitoso para competir con él.

Pero de pronto aquello le pareció más humillante que cualquier cosa que Sebastián hubiera dicho.

—Desde hace aproximadamente 10 minutos —respondió.

Fernanda abrió la boca.

Andrés se cubrió los ojos con una mano.

La madre de Valeria murmuró:

—Ay, hija.

Sebastián soltó una carcajada triunfal.

—Lo sabía.

Regina no se rio.

Miró primero a Mateo y luego a Sebastián.

—Entonces sí fue una actuación.

—El beso fue real —respondió Valeria—. La historia de los 6 meses no.

Mateo levantó un dedo.

—Eso fue completamente culpa mía.

—Gracias por aclararlo —dijo Valeria sin mirarlo.

Sebastián negó con la cabeza.

—Increíble. De verdad tuviste que montar todo esto para hacerme sentir celos.

Aquellas palabras provocaron algo que Valeria no esperaba.

No vergüenza.

No miedo.

Cansancio.

Un cansancio limpio, casi liberador.

—Sebastián, no hice nada para darte celos.

—Claro.

—Ni siquiera sabía quién era Mateo cuando se acercó.

—Eso lo hace peor.

—No. Lo que lo hace peor es que sigues pensando que todo lo que hago tiene que ver contigo.

Sebastián dejó de reír.

Valeria continuó antes de perder el impulso.

—Cuando llegué, me preguntaste si todavía trabajaba de recepcionista. Intenté contestarte y me interrumpiste. Después dijiste que yo nunca había tenido ambición. Mateo mencionó que estudio derecho y reaccionaste como si fuera un secreto.

Sebastián se movió incómodo.

—Porque nunca me lo dijiste.

—Te lo dije muchas veces.

—No lo recuerdo.

—Exactamente.

La palabra cayó sin necesidad de gritos.

Fernanda bajó la mirada.

La madre de Valeria dejó de observar a Mateo y se concentró en su hija.

Valeria había repetido aquella conversación en su cabeza durante 3 años, imaginando respuestas perfectas, frases duras y escenas en las que Sebastián finalmente entendía cuánto la había lastimado.

Ahora descubría que no necesitaba ninguna de esas frases.

Solo necesitaba decir la verdad.

—Empecé a prepararme para estudiar derecho cuando todavía estábamos juntos —continuó—. Te conté de los cursos, de los exámenes y del plan que tenía para cambiar de trabajo. Cada vez que intentaba hablar de eso, tú cambiabas el tema a tus proyectos.

Sebastián cruzó los brazos.

—No puedes culparme por no recordar cada conversación.

—No te estoy culpando por olvidar una conversación. Estoy diciendo que construiste una versión de mí basada en todo lo que nunca escuchaste.

Regina giró lentamente hacia Sebastián.

Él lo notó.

—No empieces tú también.

—No he dicho nada —respondió ella.

—Pero estás poniendo esa cara.

Regina levantó las cejas.

—¿Qué cara?

Sebastián no respondió.

Mateo permanecía al margen, exactamente como Valeria le había pedido.

Y por extraño que pareciera, eso empezó a cambiar la manera en que ella lo veía.

Él podía haber utilizado su apellido, su empresa o su posición para aplastar a Sebastián.

No lo hizo.

Le había cedido el espacio.

Valeria se volvió hacia Mateo.

—Ahora tú.

—¿Yo qué?

—Explícame algo. ¿Por qué dijiste específicamente 6 meses?

Mateo parpadeó.

Andrés soltó una carcajada.

—Porque Mateo improvisa fatal cuando se pone nervioso.

—No estaba nervioso —protestó Mateo.

—Dijiste que querías casarte con una mujer cuyo apellido probablemente ni sabías.

Mateo miró a Valeria.

—Ortega.

Ella cruzó los brazos.

—Lo escuchaste hace un momento.

—Eso no invalida que ahora lo sé.

Fernanda se rio por primera vez desde que comenzó el conflicto.

La tensión de la mesa bajó apenas un poco.

Entonces Andrés explicó que él y Mateo se conocían por trabajo desde hacía tiempo y que, meses atrás, durante una conversación sobre la boda, había mencionado que Fernanda tenía una prima que trabajaba en un despacho jurídico mientras estudiaba por las noches.

Mateo había unido las piezas cuando escuchó el nombre de Valeria dentro del restaurante.

—Así que no eres un completo psicópata —dijo Fernanda.

—Ese es el comentario más bonito que he recibido esta semana.

Valeria negó con la cabeza.

Sebastián volvió a intervenir.

—Qué conmovedor. Pero sigue siendo absurdo.

Mateo lo miró entonces.

—En eso tienes razón.

La respuesta descolocó a Sebastián.

Mateo continuó:

—Fue absurdo. También fue impulsivo y debí pedirle permiso antes de besarla. Ya me disculpé con ella por eso.

Valeria observó cómo Sebastián buscaba alguna respuesta sarcástica.

No la encontró de inmediato.

Regina, en cambio, parecía cada vez menos interesada en defenderlo.

—¿Podemos simplemente cenar? —preguntó la madre de Valeria.

Fernanda respiró aliviada.

—Por favor.

Todos regresaron a sus lugares.

El único asiento vacío estaba junto a Valeria.

Mateo miró a Andrés.

Andrés señaló la silla.

—Ese era tu lugar desde el principio.

Valeria giró la cabeza.

—¿Ibas a sentarte aquí?

—Al parecer.

—Eso significa que todo esto habría sido incómodo incluso sin el beso.

—Muchísimo menos divertido, pero sí.

—No te emociones.

—Ya me estoy controlando.

La cena continuó con una normalidad fingida.

Fernanda habló de detalles de la boda.

Los tíos discutieron sobre comida.

La madre de Valeria le preguntó 3 veces en menos de media hora por qué nunca le había contado que conocía a Mateo, y Valeria tuvo que repetir 3 veces que no lo conocía.

Sebastián bebía más rápido que antes.

Regina casi no hablaba con él.

Mateo, mientras tanto, se comportó como si no hubiera provocado un escándalo familiar.

Preguntó a Valeria por sus estudios.

No para presumir que sabía algo de ella.

Preguntó de verdad.

—¿Cuánto te falta?

—Un año, si todo sale bien.

—¿Y trabajas tiempo completo?

—Sí.

—Debe ser pesado.

Valeria esperaba la siguiente frase.

Algo como “yo jamás podría” o “deberías enfocarte en una sola cosa”.

No llegó.

Mateo simplemente dijo:

—Entonces debes administrar muy bien tu tiempo.

Valeria lo miró.

—Eso es una manera amable de decir que siempre estoy cansada.

—También.

Ella sonrió.

Sebastián los observaba desde enfrente.

—¿Y tú qué ganas con todo esto, Mateo?

La pregunta fue tan brusca que varias conversaciones cercanas se detuvieron.

Mateo dejó el tenedor.

—¿Con qué?

—Con hacerte el héroe.

—Nada.

—Nadie hace cosas así por nada.

Mateo pensó unos segundos.

—Tal vez tú no.

Valeria sintió que Sebastián se preparaba para responder, así que intervino.

—Ya basta.

Esta vez no miró a Mateo.

Miró directamente a su exnovio.

—No voy a convertir la cena de Fernanda en una discusión sobre nosotros.

—Tú empezaste todo esto.

—No. Tú empezaste hablando de mí como si yo no estuviera presente.

Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Solo estaba haciendo conversación.

Regina soltó una risa breve.

Todos voltearon hacia ella.

—Perdón —dijo—. Pero eso no fue conversación.

Sebastián la miró con incredulidad.

—¿Ahora estás de su lado?

Regina dejó la servilleta junto al plato.

—No sabía que había lados.

—Claramente los hay.

—Entonces ese es el problema.

Sebastián guardó silencio.

Regina miró a Valeria.

—No sabía que Sebastián había hablado así de ti antes.

—Regina —la interrumpió él.

—No estoy hablando contigo.

Valeria no sabía qué responder.

No sentía satisfacción al verlos discutir.

Eso la sorprendió.

Durante mucho tiempo había imaginado que verlo fracasar o quedar en evidencia le devolvería algo de lo que perdió.

Pero no era así.

Regina no era su enemiga.

Y la relación entre ellos no era una competencia que Valeria necesitara ganar.

—No tienes que explicarme nada —dijo Valeria.

Regina asintió.

Después se levantó.

—Voy al tocador.

Sebastián hizo ademán de seguirla.

—Déjala —dijo Mateo.

Sebastián giró hacia él.

—No me digas qué hacer con mi prometida.

—Entonces no hagas que ella tenga que pedir espacio delante de todos.

La mandíbula de Sebastián se tensó.

Valeria tocó el brazo de Mateo.

—No.

Él se detuvo.

Otra vez.

Sin discutir.

La cena terminó casi una hora después.

Regina volvió a la mesa, pero mantuvo una distancia evidente con Sebastián.

No hubo otra escena.

No hubo gritos.

Cuando comenzaron a despedirse, Valeria ayudó a Fernanda a recoger algunos regalos que habían dejado junto a la mesa.

—Necesito preguntarte algo —dijo Fernanda.

—No, no me voy a casar con Mateo.

—No iba a preguntar eso.

—Mentira.

Fernanda sonrió.

—Bueno, también quería preguntar eso.

Valeria le entregó una bolsa.

—Lo conocí hoy.

—Pero te gusta.

—Fernanda.

—Solo digo que no has dejado de mirarlo.

—Porque tengo miedo de que invente otro compromiso matrimonial.

—Claro.

Valeria iba a responder cuando escuchó la voz de Sebastián detrás de ella.

—¿Podemos hablar?

Fernanda miró a su prima.

—¿Quieres que me quede?

Valeria pensó un momento.

—No.

Fernanda se alejó.

Sebastián metió las manos en los bolsillos.

Ya no tenía la seguridad con la que se había acercado al principio de la noche.

—No quería que todo terminara así.

Valeria miró hacia el comedor casi vacío.

—¿Así cómo?

—Con todos creyendo que soy un idiota.

Por un instante, Valeria casi se rio.

No lo hizo.

—Eso es lo que te preocupa.

—No. También me preocupa que creas que nunca te valoré.

Valeria tardó en contestar.

—Sebastián, terminaste conmigo porque dijiste que necesitabas una mujer con más ambición.

—Éramos diferentes.

—Sí.

—Y quizá fui injusto.

Valeria lo observó.

Durante 3 años había esperado algo parecido a una disculpa.

Ahora que por fin llegaba, resultaba extrañamente pequeña.

—No necesito que cambies lo que pasó —dijo ella—. Solo necesito que dejes de contar mi vida como si tú supieras quién soy.

Sebastián bajó la mirada.

—No sabía que estudiabas derecho.

—Eso ya lo dijiste.

—Lo digo porque… quizá tienes razón. Quizá no escuchaba.

Valeria sintió algo aflojarse dentro de ella.

No era perdón completo.

Tampoco reconciliación.

Era algo más sencillo.

La certeza de que ya no necesitaba convencerlo.

—Cuídate, Sebastián.

Se dio la vuelta.

—Valeria.

Ella se detuvo.

—¿Ese tipo te gusta de verdad?

Valeria miró hacia la salida.

Mateo esperaba junto a Andrés, ayudándolo con unas cajas pequeñas de regalos.

—No tengo idea —respondió.

Y por primera vez aquella noche, esa incertidumbre no le molestó.

Mateo salió con ella unos minutos después.

En la banqueta, Valeria cruzó los brazos.

—Bueno.

—Bueno —repitió él.

—Creo que sobrevivimos.

—Yo estuve cerca de morir cuando dijiste que apenas me conocías desde hacía 10 minutos.

—Te lo merecías.

—Completamente.

Valeria se acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Gracias.

Mateo arqueó una ceja.

—¿Por besar a una desconocida sin permiso o por inventar nuestro matrimonio?

—Definitivamente no por eso.

Él sonrió.

—Entonces, ¿por qué?

—Por hacerte a un lado cuando te pedí hablar por mí misma.

Mateo dejó de bromear.

—Era lo mínimo.

—No para todo el mundo.

Se quedaron unos segundos sin saber qué decir.

Luego Mateo sacó el teléfono.

—Voy a arriesgarme con una pregunta mucho menos peligrosa que una propuesta de matrimonio.

—A ver.

—¿Puedo invitarte un café algún día?

Valeria lo miró con sospecha exagerada.

—¿Un café normal?

—Normal.

—¿Sin anunciarle a nadie que llevamos 6 meses juntos?

—Puedo intentar controlarme.

—¿Sin besarme antes de preguntar?

Mateo levantó la mano derecha como si estuviera haciendo un juramento.

—Eso sí lo puedo garantizar.

Valeria sacó su propio teléfono.

—Dame tu número.

Mateo se lo dictó.

Ella guardó el contacto simplemente como “Mateo”.

Nada más.

Ni empresario.

Ni salvador.

Ni prometido falso.

Solo Mateo.

Tres días después, él le escribió para invitarla a tomar café.

Valeria aceptó.

No porque fuera propietario de una empresa conocida.

No porque Sebastián hubiera reconocido su apellido.

Y mucho menos porque quisiera demostrar algo delante de su familia.

Aceptó porque, después de una entrada desastrosa, Mateo había hecho algo que Sebastián rara vez había hecho durante 2 años de relación: escuchar cuando ella decía que podía hablar por sí misma.

El primer café duró 47 minutos porque Valeria tenía clase esa noche.

El segundo duró casi 2 horas.

En el tercero discutieron porque Mateo intentó resolver un problema que ella solo quería contarle.

Valeria lo detuvo.

—No necesito una solución.

Mateo abrió la boca.

La cerró.

—Está bien. Te escucho.

Y lo hizo.

Aquello terminó importando mucho más que el beso del restaurante.

Meses después, cuando Fernanda y Andrés finalmente celebraron su boda, Valeria volvió a ponerse el vestido verde oscuro.

Esta vez no tuvo que repetir frente al espejo que no iba a llorar.

Mateo pasó por ella, aunque ya habían acordado algo desde semanas antes: nada de apariciones teatrales.

—Tengo una reputación que proteger —protestó él.

—Tu reputación sobrevivirá.

—¿Y si alguien necesita una propuesta matrimonial falsa?

—Te vas solo.

—Entendido.

En la celebración, la madre de Valeria los recibió con una sonrisa demasiado satisfecha.

Fernanda se acercó casi inmediatamente.

—Necesito saber algo.

Valeria suspiró.

—No.

—Ni siquiera he preguntado.

—Sigues queriendo saber si nos vamos a casar.

Fernanda miró a Mateo.

Él levantó ambas manos.

—Esta vez no he dicho absolutamente nada.

Valeria soltó una carcajada.

A unos metros de ellos, Sebastián estaba presente entre los invitados, pero no se acercó a provocar ninguna escena.

Cuando sus miradas se cruzaron, él simplemente levantó ligeramente la cabeza a modo de saludo.

Valeria respondió de la misma manera.

Nada más.

Regina no estaba con él.

Valeria nunca preguntó qué había pasado entre ambos después de aquella cena.

No le correspondía.

Esa noche entendió que algunas historias no terminan cuando alguien pierde y otra persona gana.

A veces terminan cuando uno deja de medir su vida con la mirada de quien antes tenía poder para hacerlo sentir pequeño.

Más tarde, Mateo la encontró cerca de la mesa donde habían dejado los regalos.

—Tengo algo para ti.

Valeria lo miró alarmada.

—Si es un anillo, voy a salir corriendo.

—Después de aquella noche aprendí a no improvisar joyería.

Le tendió una pequeña llave.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—La copia de la llave de mi departamento.

Ella levantó la vista.

Mateo continuó rápidamente:

—No es una propuesta. No significa que tengas que mudarte. No significa que tengas que usarla. Solo pensé que, después de estos meses, quería que supieras que tienes un lugar al que puedes entrar sin pedir permiso.

Valeria sostuvo la llave entre los dedos.

La primera noche que lo conoció, Mateo había tomado su mano para sacarla de un lugar donde se sentía atrapada por las miradas de los demás.

Ahora no estaba tirando de ella hacia ninguna parte.

Solo le ofrecía acceso y esperaba su decisión.

Valeria cerró los dedos alrededor de la llave.

—Esta sí me la voy a quedar.

Mateo sonrió.

—Eso suena prometedor.

—No arruines el momento.

—Ya me callo.

Valeria guardó la llave en su bolsa verde, la misma que había apretado con tanta fuerza aquella noche en el restaurante.

Esta vez la sostuvo apenas un instante antes de soltarla.

Después tomó la mano de Mateo porque quiso hacerlo.

Y juntos regresaron a la celebración.

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