La reacción de Diego cuando mencioné que Camila revisaría cualquier movimiento relacionado con los 12 millones duró menos de un segundo, pero bastó para cambiar la pregunta que me había acompañado desde que escuché aquella llamada debajo de la cama.
Patricia podía ser cruel, calculadora y perfectamente capaz de ayudar a su hijo a engañarme, pero ya no estaba segura de que ella hubiera diseñado el plan.
Diego recuperó la sonrisa casi de inmediato.

—Claro, amor. Que Camila lo revise mañana. No hay problema.
Demasiado rápido.
Demasiado amable.
Demasiado distinto al hombre que acababa de decirle a su madre que pensaba vaciar nuestra cuenta y hacer parecer que yo había abandonado el matrimonio.
Dejé la carpeta sobre la mesa y fingí cansancio.
—Fue un día largo. Quiero dormir.
Diego me besó la frente como había hecho cientos de veces durante los dos años anteriores, y ese gesto me resultó más difícil de soportar que cualquier amenaza que hubiera escuchado debajo de la cama.
Porque conocía ese beso.
Había confiado en él.
Y ahora sabía que incluso las cosas que yo consideraba recuerdos podían haber sido herramientas.
Me encerré en el baño con el teléfono y le escribí a Camila una sola frase: “No firmé”.
Su respuesta llegó casi enseguida.
“Bien. No discutas. Observa qué intenta hacer después.”
Guardé el celular.
Cuando salí, Diego estaba sentado al borde de la cama revisando su teléfono.
Lo volteó en cuanto me vio.
—¿Todo bien?
—Sí.
Aquella noche dormimos separados por menos de medio metro y, sin embargo, nunca me había sentido tan lejos de él.
A la mañana siguiente, Diego actuó como si nada hubiera ocurrido.
Pidió desayuno, habló del viaje que supuestamente haríamos y hasta se quejó de que su mamá había llamado demasiado durante la boda.
Yo asentía.
Sonreía cuando debía sonreír.
Preguntaba lo suficiente para que no sospechara.
La grabación seguía guardada en mi teléfono y en una copia que Camila ya tenía, pero no quería utilizarla antes de entender qué pretendía hacer Diego con aquella autorización.
A media mañana volvió a mencionar la carpeta.
—Podríamos llevársela nosotros a Camila —dijo—. Así te quedas tranquila.
—Ya se la mandé.
No era verdad.
La carpeta seguía dentro de mi maleta.
Diego se quedó inmóvil apenas un instante.
—¿Le mandaste fotos?
—Sí.
—¿De todas las páginas?
Ahí estaba.
No le preocupaba que mi abogada revisara un documento inocente.
Le preocupaba exactamente qué podía ver.
—De todo —respondí.
Diego tomó su taza y bebió café sin mirarme.
Después cambió de tema.
Unos veinte minutos más tarde dijo que necesitaba bajar al lobby para resolver algo relacionado con la recepción de la boda.
Esperé a que cerrara la puerta.
Entonces saqué la carpeta.
No necesitaba entender cada línea para notar algo que la noche anterior, con el cuerpo todavía temblándome, se me había escapado.
La autorización no hablaba solamente de pagos cotidianos.
Incluía facultades mucho más amplias sobre movimientos de la cuenta conjunta.
Le tomé fotografías completas y se las envié a Camila.
Ella me llamó.
—Valeria, escucha con cuidado. No firmes esto.
—No pensaba hacerlo.
—Diego podría mover dinero con mucha más libertad si tú lo autorizas. Pero hay algo más importante: este documento no tiene sentido si él realmente cree que el penthouse puede venderse como dijo su mamá.
Me senté frente a la ventana.
—¿Por qué?
—Porque son dos cosas distintas. El dinero de la cuenta es una cosa. La propiedad del departamento es otra. Si Diego conoce los documentos reales del penthouse, sabe que no puede venderlo sin ti.
Recordé las palabras de Patricia: “En cuanto vendamos el penthouse de Polanco, recuperaremos los 12 millones”.
—Entonces Patricia no sabe cómo está la escritura.
—Eso parece.
—Pero Diego podría saberlo.
Camila tardó un segundo antes de responder.
—Eso es exactamente lo que quiero averiguar.
Sentí una incomodidad diferente.
Hasta entonces había imaginado a Diego y Patricia avanzando juntos hacia el mismo objetivo.
Ahora existía otra posibilidad.
Diego podía estar mintiéndole también a su madre.
La puerta de la suite se abrió poco después.
Diego regresó acompañado de Patricia.
Ella entró sin saludarme, como si aquella habitación también le perteneciera.
—Tenemos que hablar —dijo.
—¿De qué?
Patricia dejó su bolsa sobre una silla.
—Diego me dijo que quieres involucrar a una abogada en decisiones de pareja.
Miré a mi esposo.
Él levantó las manos.
—Solo le comenté que estás nerviosa con el tema financiero.
—No estoy nerviosa —respondí—. Solo quiero que alguien revise los documentos antes de que firme.
Patricia soltó una ri_