Posted in

Dominic se casó conmigo en terapia intensiva y ocultaba mi origen-rubyy

Antes de que Dominic encontrara la forma de explicarme por qué llevaba horas investigando mi pasado, un hombre vinculado con Victor Costa apareció en la entrada del centro médico y dejó un mensaje que cambió la urgencia de aquella noche.

Victor ya sabía que yo seguía con vida.

Y no me quería muerta todavía.

Image

Me quería bajo su control antes de que amaneciera.

Enzo fue quien recibió la advertencia y regresó al pasillo con el rostro endurecido, mientras Isabella seguía sentada con el rosario atrapado entre los dedos.

—Dice que la muchacha le pertenece —murmuró Enzo.

Dominic levantó la mirada.

—Ella no le pertenece a nadie.

—Victor piensa diferente.

Aquellas palabras terminaron de confirmar lo que Dominic acababa de leer en el sobre que había llegado al Aster Crown poco antes del tiroteo.

Dentro había una fotografía vieja de mi madre, mucho más joven, cargando a una niña pequeña que yo reconocería años después como yo misma, junto con una carta escrita por Ellen hacía veintiséis años.

La carta estaba dirigida a Isabella.

Mi madre explicaba que había decidido desaparecer de la vida de Victor Costa antes de que él pudiera usar a su hija como una extensión de su poder.

Esa hija era yo.

Victor Costa era mi padre biológico.

Dominic había empezado a buscar a la hija de Ellen incluso antes de conocer mi nombre porque, durante los días previos a la gala, había descubierto que gente relacionada con Victor estaba preguntando otra vez por una mujer llamada Ellen.

Sabía que Isabella había conocido a mi madre décadas atrás.

Sabía que su propia madre se negaba a explicarle todos los detalles.

Y sabía que Victor no hacía preguntas por nostalgia.

Por eso Dominic había ido personalmente al Aster Crown aquella noche.

No había ido por las copas de champaña, ni por los jueces, ni por los banqueros, ni por el tipo de invitados que llenaban los salones mientras fingían no conocer el origen del dinero de los demás.

Había ido porque temía que alguien intentara llegar hasta Isabella para obligarla a revelar dónde estaba Ellen y qué había ocurrido con su hija.

Lo que Dominic no había previsto era encontrar a esa hija caminando frente a él con un uniforme de catering y una charola entre las manos.

Cuando me vio entrar al salón, todavía no sabía cómo me llamaba.

Pero sí reconoció algo.

Mis ojos.

En la fotografía del sobre, Ellen tenía exactamente la misma mirada cansada que yo llevaba aquella noche.

Por eso Dominic me observó durante más tiempo del necesario cuando casi tiré las copas.

Por eso me dijo que yo era nueva.

Por eso, mientras Isabella bromeaba con él, Dominic dejó de mirar el salón y empezó a mirarme a mí.

No tuvo tiempo de preguntarme nada.

Treinta minutos después yo estaba en el piso cubriendo con mi cuerpo a Isabella mientras las balas atravesaban el salón.

Y en el hospital Dominic comprendió algo todavía peor.

El atacante no había elegido a Isabella al azar.

Victor la quería fuera del camino porque ella era una de las pocas personas que conocían la historia de Ellen.

Yo había salvado a la mujer que veintiséis años antes había ayudado a mi madre a desaparecer de la vida de mi propio padre.

Al hacerlo, también había revelado mi existencia.

Enzo miró la puerta de cuidados intensivos.

—Podemos moverla.

—No —respondió Dominic.

—Costa sabe dónde está.

—Precisamente por eso no vamos a trasladarla mientras está así.

Isabella se puso de pie.

—Entonces dime qué vas a hacer.

Dominic miró el anillo que llevaba en una pequeña caja dentro del bolsillo interior de su saco.

Después dijo algo que hizo que incluso Enzo tardara unos segundos en reaccionar.

—Voy a convertir cualquier intento de tocarla en un ataque directo contra mí.

Isabella entendió antes que nadie.

—Dominic, ella no puede responderte.

—Lo sé.

—Entonces no confundas protección con derecho sobre ella.

Dominic apretó la mandíbula.

—Si despierta y me odia, lo aceptaré.

Isabella no apartó los ojos de su hijo.

—Más te vale.

Fue así como, mientras siete balas seguían alojadas dentro de mi cuerpo y yo permanecía inconsciente conectada a un respirador, Dominic Rossi puso aquel anillo de oro en mi dedo inflamado y anunció junto a mi cama que yo era su esposa.

En el mundo de Dominic, el anuncio tenía una intención inmediata y brutalmente sencilla: nadie relacionado con Victor podría tratarme como una desconocida abandonada en una habitación de hospital.

Atacarme significaría desafiarlo a él.

Dominic se inclinó sobre mí después y pronunció las palabras que yo conocería mucho tiempo más tarde.

—Ahora, cualquiera que venga por ti tendrá que pasar por mí.

Yo no escuché nada.

Desperté varios días después con la garganta ardiendo, el cuerpo pesado y una presión insoportable alrededor de las costillas.

Lo primero que vi fue el techo.

Lo segundo fue a Isabella dormida en un sillón.

Lo tercero fue el anillo.

Moví apenas la mano y sentí el metal alrededor del dedo.

Isabella abrió los ojos casi de inmediato.

—No intentes levantarte.

Quise hablar, pero mi voz salió rota.

—¿Qué es esto?

Ella siguió mi mirada hasta el anillo.

Por primera vez desde que la conocía, Isabella pareció no encontrar una respuesta sencilla.

—Mi hijo tomó una decisión complicada.

—¿Qué decisión?

Dominic entró en el cuarto antes de que ella contestara.

Ya no llevaba el traje ensangrentado de la gala.

Vestía una camisa oscura, tenía barba de varios días y parecía no haber dormido mucho más que yo.

Miró el anillo.

Después me miró a mí.

—Te casaste conmigo —dijo.

Pensé que los medicamentos me estaban haciendo escuchar cosas.

—¿Qué?

—Mientras estabas inconsciente.

Lo observé durante varios segundos.

—Quítamelo.

Dominic no discutió.

Eso fue lo primero que hizo bien.

Se acercó lentamente, tomó mi mano con cuidado para no mover las vías y deslizó el anillo de mi dedo hinchado.

Después lo dejó sobre la mesa junto a la cama.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque alguien quería llegar hasta ti.

—Eso no explica casarte conmigo.

—No.

Su respuesta fue tan inmediata que me sorprendió.

—Entonces explícame lo que sí lo explica.

Dominic miró a Isabella.

Ella salió del cuarto sin que él tuviera que pedírselo.

Cuando la puerta se cerró, Dominic sacó el sobre.

Lo reconocí sin haberlo visto nunca porque en la parte frontal estaba escrito el nombre de mi madre.

Ellen.

Sentí que el dolor de mis costillas desaparecía por un segundo debajo de algo mucho más frío.

—¿Qué tiene mi mamá que ver contigo?

Dominic dejó la fotografía sobre mis piernas.

Ahí estaba ella.

Veintitantos años más joven.

Y la niña que cargaba tenía mi misma cicatriz pequeña junto a la ceja.

—Tu madre conocía a la mía —dijo Dominic.

—Eso ya lo veo.

—También conocía a Victor Costa.

El nombre me resultaba familiar por las noticias que había escuchado entre conversaciones ajenas y por los comentarios en voz baja que la gente hacía cuando creía que nadie estaba prestando atención.

—¿Qué clase de conocer?

Dominic tardó demasiado.

Lo entendí antes de que hablara.

—No.

—Sí.

—No digas eso.

—Victor es tu padre.

El monitor junto a mí aceleró y Dominic dio un paso hacia la cama.

Levanté una mano.

—No te acerques.

Se detuvo.

Durante veintiséis años yo había creído que mi padre era un hombre que se había marchado antes de que yo pudiera recordarlo.

Ellen jamás había dado detalles.

Cuando preguntaba, ella decía que algunas personas eran más seguras como recuerdos que como presencias.

Yo había interpretado aquella frase como dolor.

Ahora entendía que había sido miedo.

—Quiero hablar con ella.

—Está en Cleveland y sigue bajo tratamiento.

—Ya sé dónde está mi mamá.

Mi voz salió más fuerte de lo que mi cuerpo podía soportar.

—Quiero hablar con ella ahora.

Dominic sacó su celular, pero no marcó por mí.

Lo dejó al alcance de mi mano.

Ese detalle importó.

Yo marqué.

Ellen contestó después de varios tonos.

Cuando vio mi cara en la pantalla, empezó a llorar antes de que yo pudiera decir una palabra.

—Mamá, dime quién es Victor Costa.

Ella cerró los ojos.

No preguntó cómo lo sabía.

Eso fue respuesta suficiente.

—Tu padre —dijo finalmente.

Sentí que algo dentro de mí se partía sin hacer ruido.

Ellen me explicó que había estado con Victor cuando era muy joven y que había tardado demasiado en entender que su forma de querer siempre incluía control.

Cuando descubrió que estaba embarazada, decidió marcharse.

Victor creyó durante años que había perdido al bebé y Ellen permitió que lo creyera porque pensó que era la única manera de darme una vida distinta.

Isabella la ayudó.

No por dinero.

No por una alianza.

Porque había visto lo suficiente para creerle cuando Ellen dijo que tenía miedo.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

Mi madre respiró con dificultad antes de responder.

—Porque cada año que pasaba sin que él te encontrara me parecía un año ganado.

Miré a Dominic.

—¿Y él cuándo lo supo?

Ellen abrió los ojos.

—No lo sabía.

Dominic bajó la mirada.

Ahí estaba la segunda traición.

Él había sospechado quién era yo antes del tiroteo.

No tenía la confirmación completa, pero había llegado a la gala buscando a la hija de Ellen.

Y nunca me lo dijo.

—Sal —le ordené.

Dominic obedeció.

Pasé los siguientes días recuperando fuerza suficiente para sentarme, después para caminar unos pasos y finalmente para llegar hasta la ventana sin ayuda.

Dominic no volvió a entrar sin permiso.

Había seguridad en el pasillo, pero él se quedaba afuera.

Isabella entraba cada mañana y nunca intentaba defenderlo.

Eso también importó.

Una tarde le pregunté por qué había ayudado a mi madre.

Isabella acomodó la cobija sobre mis piernas.

—Porque cuando una mujer te dice que necesita salir de una situación peligrosa, no siempre necesita un discurso.

—¿Victor vino por ti aquella noche por ella?

—Por la información que creía que yo tenía.

—Entonces me dispararon por una historia que empezó antes de que yo naciera.

—Te dispararon porque te pusiste encima de mí.

Me miró con una firmeza que no admitía romantizarlo.

—No conviertas la culpa de otros hombres en culpa tuya.

Cuando por fin permití que Dominic regresara, ya podía permanecer sentada durante casi una hora.

El anillo seguía en la mesa.

Ninguno de los dos lo había tocado.

—Quiero saber qué quiere Victor de mí —dije.

—Control.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que conozco.

Dominic me explicó que Victor había mandado otro mensaje.

No pedía dinero.

No pedía territorio.

Pedía verme.

Decía que tenía derecho a hablar con su hija.

—No tiene ningún derecho —dije.

—Estoy de acuerdo.

—No te pregunté.

Dominic asintió.

—Lo sé.

Yo esperaba que tratara de decidir por mí otra vez.

En cambio, preguntó:

—¿Qué quieres hacer?

Aquella pregunta cambió algo.

No lo perdonó.

No borró el anillo puesto en mi mano mientras yo no podía responder.

Pero por primera vez desde que desperté, Dominic me estaba ofreciendo una elección en lugar de anunciar una decisión.

—Quiero escuchar a Victor una vez —dije.

Dominic se tensó.

—No me gusta.

—No tiene que gustarte.

—No.

Respiró hondo.

—Pero puedo mantenerte segura mientras lo haces.

La conversación ocurrió días después, cuando los médicos permitieron que me trasladaran a una habitación privada fuera de cuidados intensivos.

Victor no apareció en persona.

Habló por teléfono.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Tu madre te robó veintiséis años conmigo —dijo.

Miré a Dominic, que estaba al otro lado del cuarto, lo suficientemente lejos para no escuchar cada palabra.

—Mi madre me dio veintiséis años lejos de ti.

Victor guardó silencio.

—Los Rossi te están usando.

—Dominic cometió errores conmigo.

—Entonces ven conmigo.

—Eso tampoco te convierte en la opción correcta.

Su tono cambió apenas.

—Eres mi sangre.

—Soy la persona a la que mandaste buscar después de que casi muero.

—Yo no ordené que te dispararan.

—Ordenaste ir por Isabella sabiendo por qué la querías fuera del camino.

No respondió.

Y en ese silencio entendí algo que ninguna carta podía enseñarme.

Victor quería que yo discutiera los detalles porque, mientras discutiéramos, él podía seguir tratándome como una pieza perteneciente a su historia.

Así que dejé de hacerlo.

—No vuelvas a buscar a mi madre.

—No puedes hablarme así.

—Acabo de hacerlo.

Colgué.

Dominic no sonrió.

No me felicitó.

Solo se acercó cuando yo se lo indiqué y tomó el celular porque mis manos estaban temblando demasiado para sostenerlo.

—¿Qué necesitas? —preguntó.

—Que mi mamá siga segura.

—Lo estará.

—Aunque yo no me quede contigo.

Dominic sostuvo mi mirada.

—Aunque no vuelvas a verme.

Esa respuesta fue la primera cosa que hizo que yo creyera que tal vez entendía la diferencia entre proteger a alguien y poseerlo.

Después de salir del hospital no fui a la casa de Dominic.

Tampoco permití que él decidiera dónde viviría.

Acepté protección mientras Victor siguiera siendo una amenaza, pero elegí mi propio espacio y mis propias condiciones.

Ellen continuó su tratamiento en Cleveland hasta que estuvo suficientemente estable para que pudiéramos vernos.

Cuando por fin la abracé, tuve que hacerlo con cuidado porque mis costillas todavía protestaban y ella tampoco estaba fuerte.

Nos quedamos así varios segundos.

Dos mujeres intentando recuperar años de verdad sin romper lo poco que nuestros cuerpos acababan de recuperar.

No la perdoné de inmediato por haberme ocultado quién era mi padre.

Ella tampoco me pidió que lo hiciera.

Eso ayudó.

Con el tiempo entendí que Ellen había tomado decisiones imperfectas bajo un miedo muy real, mientras que Dominic había tomado una decisión imperdonablemente arrogante con la excusa de protegerme.

No eran lo mismo.

Él también terminó entendiendo eso.

La amenaza de Victor perdió fuerza cuando quedó claro que su secreto ya no dependía del silencio de Isabella ni del mío.

La carta de Ellen había sido copiada y puesta fuera de su alcance, y varias personas sabían ya que yo era su hija.

Hacerme desaparecer ya no podía borrar la historia.

Solo la confirmaría.

Victor dejó de mandar mensajes directos.

Dominic mantuvo distancia.

Durante meses nuestras conversaciones fueron extrañamente normales.

A veces me preguntaba cómo seguía mi mamá.

A veces yo preguntaba por Isabella.

Nunca hablábamos del matrimonio improvisado junto a mi cama a menos que yo sacara el tema.

Y cuando lo hacía, Dominic no intentaba convertirlo en una historia romántica.

—Estuvo mal —me dijo una noche.

—Sí.

—Lo volvería a hacer distinto.

—Eso espero.

—Te habría preguntado.

—Ese habría sido un buen comienzo.

Fue todo.

Nada de discursos.

Nada de promesas grandiosas.

Pasó casi un año antes de que Dominic sacara otra vez la pequeña caja del anillo.

Estábamos en la cocina de mi departamento después de visitar a Isabella.

Mi madre había mejorado lo suficiente para volver a quejarse de mis horarios de trabajo, lo cual consideré una señal excelente.

Dominic puso la caja sobre la mesa y no la abrió.

—Antes de que digas nada —le advertí—, recuerda que una vez ya te saltaste una parte importante de este proceso.

Por primera vez desde que lo conocía, pareció genuinamente nervioso.

—La recuerdo todos los días.

Abrí la caja.

El mismo anillo de oro seguía ahí.

El objeto que había despertado en mi mano como una prueba de que alguien había decidido por mí ahora estaba quieto entre nosotros, esperando justamente lo contrario.

—¿Esta vez me estás preguntando? —dije.

—Sí.

—¿Y si digo que no?

Dominic no tocó la caja.

—Entonces sigue siendo tu decisión.

Lo observé durante un momento largo.

Después tomé el anillo yo misma.

No porque Dominic Rossi fuera el hombre más temido de Nueva York.

No porque Victor Costa fuera mi padre.

No porque siete balas hubieran unido nuestras vidas de una manera que ninguno de los dos había elegido.

Lo hice porque esta vez mi mano estaba despierta, mi voz era mía y nadie estaba decidiendo en mi lugar.

Me puse el anillo en el dedo.

Y Dominic, que aquella primera noche había jurado que cualquiera que viniera por mí tendría que pasar por él, finalmente entendió que la persona cuya autorización más importaba siempre había sido yo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *