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Su esposo la repudió por ser estéril, hasta que el Rey Vampiro —padre de cinco hijos— la eligió como su reina. –gr- iwachan

 

U ESPOSO LA ABANDONÓ PORQUE NO PODÍA DARLE UN HIJO… PERO EL REY VAMPIRO LA ELIGIÓ PARA SER MADRE DE SUS CINCO HEREDEROS

PARTE 1

Lydia creyó que conocía el dolor hasta el día en que regresó de la clínica y encontró tres maletas junto a la puerta.

Era el resultado negativo número doce.

Otra prueba.

Otro tratamiento fallido.

Otra esperanza convertida en una hoja de papel.

—Richard… —llamó.

Su marido apareció desde la cocina con un vaso de whisky en la mano.

Ni siquiera tuvo el valor de mirarla directamente.

—Se acabó, Lydia.

Ella apretó el sobre de la clínica.

—El doctor dijo que todavía podemos intentar otro tratamiento.

—Yo ya no quiero intentarlo.

Richard dejó una fotografía sobre la mesa.

Una ecografía.

Lydia sintió que el mundo se detenía.

—Tiffany está embarazada —dijo él—. Doce semanas. Es niño.

Tiffany.

Su joven asistente.

La mujer que Lydia había invitado a cenar en su propia casa.

—¿Cuánto tiempo?

Richard no respondió.

No hacía falta.

—Quiero una familia —dijo finalmente—. Un apellido que continúe después de mí.

—Yo soy tu familia.

Richard soltó una risa amarga.

—No puedes darme hijos.

Aquellas seis palabras destruyeron cinco años de matrimonio.

Después llegaron otras peores.

Inútil.

Estéril.

Rota.

Richard abrió la puerta.

Afuera llovía.

—Tus cosas están listas.

Lydia salió con sus maletas mientras el hombre que una vez juró amarla cerraba la puerta en su cara.

Los meses siguientes fueron una caída lenta.

Durmió en el sofá de su hermana.

Después en un motel barato.

Trabajó sirviendo mesas.

Contaba monedas para comer.

Cada vez que veía una madre sosteniendo a un bebé, sentía aquel vacío antiguo en el pecho.

Hasta que una noche encontró un anuncio extraño.

Propiedad Blackwood busca cuidadora residente.

Buen salario.

Habitación incluida.

Se requería paciencia, discreción y experiencia cuidando niños.

Lydia llamó.

Dos días después viajaba hacia el norte.

Cuando llegó, comprendió que aquello no era una casa.

Era una fortaleza.

Muros negros.

Torres.

Puertas de hierro.

Y otras diez mujeres esperaban junto a ella, todas jóvenes, hermosas y vestidas como si acudieran a una audición.

—Pensé que buscaban una cuidadora —murmuró Lydia.

Una pelirroja rio.

—Buscan una esposa para Lord Silas.

Lydia quiso marcharse.

Demasiado tarde.

Las puertas se cerraron detrás de ellas.

En el gran salón esperaba Silas Vane.

Alto.

Pálido.

Vestido completamente de negro.

Y con unos ojos rojos que ninguna persona normal podía tener.

Lydia entendió inmediatamente lo imposible.

Era un vampiro.

Pero lo más sorprendente no era él.

Eran los niños.

Cinco.

Leo colgaba de una lámpara.

Las gemelas Sophie y Sadie destrozaban un tapiz.

El pequeño Noah mordía un cetro.

Y un bebé lloraba desesperadamente en brazos del rey.

Silas parecía capaz de conquistar un ejército.

Pero no sabía qué hacer con un niño de seis meses.

—Mi esposa murió —anunció—. No necesito una amante. Necesito a alguien capaz de cuidar a mis hijos.

Las mujeres comenzaron a presumir de su belleza, educación y fertilidad.

Lydia ni siquiera escuchaba.

Observaba al bebé.

Finalmente no pudo contenerse.

—Lo está sujetando mal.

El salón quedó en silencio.

Silas levantó lentamente la mirada.

—¿Qué dijiste?

—Tiene gases. Le está presionando el estómago.

Lydia caminó hacia él.

—Démelo.

Los guardias tocaron sus espadas.

Silas los detuvo.

Entregó al bebé.

Lydia lo acomodó sobre su brazo, sostuvo su cabeza y golpeó suavemente su espalda.

El niño soltó un pequeño eructo.

Después dejó de llorar.

Leo bajó de la lámpara.

Las gemelas dejaron el tapiz.

Noah se acercó y abrazó la pierna de Lydia.

Silas parecía incapaz de comprender lo que estaba viendo.

—¿Quién eres?

Lydia acarició la espalda del bebé.

—Nadie.

—No eres nadie.

Entonces la pelirroja intervino.

—Mi señor, ella es estéril. Puedo olerlo. Nunca podrá darle otro heredero.

Lydia se congeló.

Aquella palabra otra vez.

Esperó que Silas le quitara al bebé.

En cambio, el vampiro se acercó a ella.

—Ya tengo cinco herederos.

Miró a Lydia directamente.

—No necesito una mujer que dé a luz.

Rozó con un dedo la mejilla de Jude, dormido entre sus brazos.

—Necesito una mujer capaz de ser su madre.

Después se volvió hacia sus sirvientes.

—Despídanlas a todas.

Lydia abrió los ojos.

—¿Qué está haciendo?

Silas sonrió mostrando apenas sus colmillos.

—Eligiendo a mi reina.

Lydia retrocedió.

—No sabe nada de mí.

—Sé suficiente.

Silas tomó su mano.

—Sé que un hombre te hizo creer que estabas rota.

Sus ojos rojos brillaron.

—Y tengo la desagradable sensación de que algún día voy a conocerlo.

Lydia sintió un escalofrío.

Porque en aquel momento todavía no sabía que Silas tenía razón.

Richard volvería.

Pero cuando lo hiciera, no vendría solo.

PARTE 2

Lydia no se convirtió en reina aquella noche.

Primero tuvo que sobrevivir al desayuno.

A la mañana siguiente despertó con el sonido de algo rompiéndose.

Corrió al pasillo.

Sophie y Sadie flotaban sobre el suelo con un jarrón entre las manos.

Noah mordía el tobillo de una criada.

Leo observaba todo desde una esquina.

—¡Basta!

La voz de Lydia cortó el caos.

Las gemelas quedaron inmóviles.

—Bajen el jarrón.

—No tenemos que obedecerte —dijo Sophie.

—Perfecto. Entonces si lo rompen, lo limpian ustedes.

Las niñas se miraron.

Lentamente descendieron.

Lydia señaló a Noah.

—Las personas no son comida.

El pequeño mostró sus colmillos.

—Tengo hambre.

—Entonces vamos a la cocina.

Después miró a Leo.

El mayor cruzó los brazos.

—Papá se aburrirá de ti. Siempre se aburren.

Lydia reconoció inmediatamente aquella frase.

No era arrogancia.

Era miedo a ser abandonado.

—Puede ser —respondió—. Pero mientras eso ocurre, pienso hacer panqueques.

Leo intentó no sonreír.

La siguió.

Cuando Silas llegó al comedor, encontró algo que no había visto desde la muerte de su esposa.

Paz.

Los cinco niños estaban sentados comiendo.

Lydia sostenía a Jude mientras contaba una historia.

—Son buenos niños —dijo ella.

Silas frunció el ceño.

—Son herederos vampiros.

—Son niños que perdieron a su madre.

Lydia sostuvo su mirada.

—Y tienen un padre que sabe gobernar un reino, pero no sabe abrazarlos.

Los guardias contuvieron la respiración.

Silas podía matar a alguien por mucho menos.

Pero Lydia señaló un dibujo que Leo intentaba esconder.

—Dile que te gusta.

Silas tomó el papel.

Era un dibujo de la familia.

Cinco niños.

Un castillo.

Y una figura masculina sola.

El vampiro tragó saliva.

—Es excelente.

Leo levantó la cabeza.

—¿De verdad?

—Sí.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del niño.

Silas miró a Lydia.

Ella no sabía que acababa de hacer algo que siglos de poder no habían conseguido.

Había convertido su castillo en un hogar.

Las semanas pasaron.

Los niños comenzaron a buscarla para todo.

Silas también.

No lo admitía.

Simplemente aparecía donde ella estaba.

En la biblioteca.

En el jardín.

En las habitaciones de los niños.

Hasta que un correo electrónico destruyó la tranquilidad.

Era de Richard.

La acusaba de haber robado unas joyas familiares y amenazaba con denunciarla.

Lydia comenzó a temblar.

Silas encontró el teléfono entre sus manos.

Leyó el mensaje.

Las ventanas comenzaron a cubrirse de hielo.

—¿Ese hombre te echó a la calle y ahora te llama ladrona?

—Es abogado. Puede hacerme daño.

Silas se arrodilló frente a ella.

—No mientras estés conmigo.

—Soy solamente la cuidadora.

—No.

Tomó sus manos.

—Eres la mujer a la que mis hijos llaman cuando tienen miedo.

Su expresión se endureció.

—Vamos a Seattle.

Richard esperaba encontrar a la misma mujer derrotada.

En cambio, Lydia entró en su oficina vestida de azul oscuro, acompañada por un hombre cuya sola presencia silenció todo el edificio.

Tiffany estaba junto a Richard.

Embarazada.

Sonriendo con crueldad.

—Devuelve las joyas —exigió Richard.

Lydia sacó un documento.

—Tú las vendiste.

Richard palideció.

Silas había descubierto que las había empeñado para pagar parte del automóvil nuevo de Tiffany.

Todo el personal escuchó.

Tiffany miró horrorizada a Richard.

—¿Me mentiste?

Lydia casi sintió lástima.

Casi.

—Amenazaste con enviarme a prisión para esconder lo que hiciste.

Richard perdió el control y agarró su brazo.

Silas se movió.

Un instante después Richard estaba de rodillas, gritando, mientras el vampiro apretaba su muñeca.

—Nunca vuelvas a tocarla.

Lydia tomó el brazo de Silas.

—Vámonos.

Creyó que aquella sería la última vez que vería a Richard.

Estaba equivocada.

De regreso a Blackwood, Silas se mostró preocupado.

—Había algo extraño en él.

—¿Qué?

—Azufre. Polvo antiguo.

Lydia frunció el ceño.

Silas la miró.

—Tu exmarido hizo un trato con cazadores.

Aquella noche las protecciones mágicas de Blackwood cayeron.

Hombres armados atravesaron el bosque.

Silas condujo a Lydia y a los cinco niños hacia túneles secretos.

—Llévalos a la cámara de seguridad.

—Voy contigo.

—No.

La besó en la frente.

—Eres la única madre que tienen.

Lydia corrió con los niños.

Pero cuando llegaron al refugio, encontraron seis soldados esperándolos.

Y junto a ellos estaba Richard.

—¡Lydia! —gritó—. Vine a salvarte.

Ella colocó a los niños detrás de su cuerpo.

—¿Salvarme?

Richard señaló a los pequeños.

—¡Son monstruos!

Leo mostró los colmillos.

Un soldado disparó una ráfaga de luz ultravioleta.

El niño cayó gritando.

—¡Leo!

Lydia corrió hacia él.

El comandante de los cazadores sonrió.

—No maten a la mujer. La necesitamos viva.

Richard frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El comandante soltó una carcajada.

—¿En serio no sabes qué era tu esposa?

Lydia lo miró.

—¿De qué hablas?

—Tus médicos dijeron infertilidad inexplicable.

Se acercó.

—No eras estéril.

Lydia sintió que el aire desaparecía.

—Eres una Vitalis.

El hombre explicó que Lydia poseía una anomalía que aparecía quizá una vez cada mil años.

Su cuerpo concentraba una energía vital extraordinaria.

Por eso no podía gestar fácilmente un niño humano.

—Tu cuerpo no estaba vacío —dijo el cazador—. Era demasiado poderoso.

Richard quedó blanco.

—Entonces…

—La mujer que tiraste a la calle podría dar vida a criaturas que tu mente ni siquiera puede comprender.

El comandante sonrió.

—Y su sangre puede convertir a los vampiros en seres casi invencibles.

Después apuntó hacia Jude.

—Entréguame al bebé.

Lydia miró a sus hijos.

Leo herido.

Las gemelas llorando.

Noah escondido detrás de ella.

Jude en sus brazos.

Algo se rompió dentro de ella.

No era miedo.

Era una puerta.

—No vuelvas a llamarlos monstruos.

Una luz dorada surgió de su cuerpo.

Los soldados gritaron.

Sus armas dejaron de funcionar.

Leo abrió los ojos.

Sus heridas desaparecieron.

Las gemelas comenzaron a brillar.

Entonces el techo se rompió.

Silas cayó en medio del túnel.

Estaba cubierto de heridas.

Al tocar la luz de Lydia, todas comenzaron a cerrarse.

La miró.

Y entendió.

—Vitalis…

Lydia señaló a los hombres que amenazaban a sus hijos.

—Termina esto.

La batalla acabó casi inmediatamente.

Cuando el silencio regresó, Silas sostuvo a Lydia antes de que cayera.

—Te tengo.

Richard despertó entre los restos del combate.

—Lydia… no sabía…

Ella lo miró desde los brazos de Silas.

Durante años había imaginado aquel momento.

Había pensado que querría verlo sufrir.

En cambio, solo sintió indiferencia.

—Me echaste porque creías que no podía darte un legado.

Richard comenzó a llorar.

—Podemos empezar de nuevo.

Lydia negó lentamente.

—No entendiste nada.

Miró a los cinco niños reunidos alrededor de ella.

—Yo ya tenía todo lo necesario para ser madre.

Su mirada volvió hacia él.

—Tú simplemente nunca supiste reconocerlo.

Silas quiso matarlo.

Lydia lo detuvo.

—Déjalo vivir.

Richard pareció aliviado.

Hasta escuchar el resto.

—Quiero que recuerde cada día lo que perdió.

Años después, Lydia estaba sentada junto a Silas durante el gran baile de invierno de Blackwood.

Leo ya era adolescente.

Las gemelas continuaban metiéndose en problemas.

Noah seguía mordiendo cosas que no debía.

Jude dormía apoyado contra ella.

Y sobre el regazo de Lydia había una niña pequeña.

Su hija.

Los antiguos libros afirmaban que una Vitalis no podía tener hijos.

Los libros se equivocaban.

La niña tenía las mejillas de Lydia.

Los ojos de Silas.

Y cuando sonreía, aparecían dos pequeños colmillos.

Silas besó la mano de su esposa.

—¿En qué piensas?

Lydia observó a su familia.

Recordó la lluvia.

Las maletas.

El motel.

Los años convencida de que su cuerpo había fallado.

—En que pasé demasiado tiempo creyendo que estaba rota.

Silas negó.

—Nunca lo estuviste.

Lydia sonrió.

Finalmente lo sabía.

Ella no necesitaba ser reparada.

Solo necesitaba encontrar el lugar donde todo lo que otros habían llamado defecto se convirtiera en poder.

Y la mujer que una vez fue expulsada de su propia casa por no poder dar un heredero terminó sentada en un trono, rodeada por seis hijos que jamás necesitaron compartir su sangre para llamarla por el único nombre que realmente importaba:

Mamá.

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