Antes de que Santiago y Renata alcanzaran el arco de bugambilias, Mateo se cruzó frente a ellos con el teléfono encendido y una expresión que borró de golpe cualquier rastro de la escena absurda que estaban representando.
—Santiago, tienes que ver esto.
En la pantalla no había otro video de Valeria en el aeropuerto ni un mensaje de algún invitado burlándose de él.

Era una alerta automática del taller Alcázar.
Santiago la leyó dos veces.
Una de las áreas de resguardo había sido abierta utilizando su credencial personal.
El acceso aparecía registrado esa misma mañana.
Renata dejó de caminar.
—¿Dónde está tu tarjeta del taller?
Santiago llevó instintivamente la mano al interior del saco.
El bolsillo estaba vacío.
Buscó en el otro lado, luego en el pantalón, aunque ya sabía que no iba a encontrarla.
—La tenía anoche.
Mateo bajó el teléfono.
—¿Qué guardan en esa zona?
Renata tardó un instante en responder.
—Instrumentos que no pueden quedarse en el área normal de trabajo.
Santiago la miró y comprendió por qué su jefa había llegado a la hacienda con tanta prisa.
—¿Qué falta?
Renata sostuvo su mirada.
—Un violín del siglo XVIII que recibimos para restauración y resguardo temporal.
Santiago sintió un peso distinto en el pecho.
Ya no era vergüenza.
—¿Cuánto vale?
—Cuarenta y cinco millones de pesos.
Mateo soltó una grosería en voz baja.
Alrededor de ellos, algunos invitados todavía sostenían los celulares, aunque las risas se habían apagado al notar que la conversación había cambiado.
Don Ricardo dio un paso hacia Santiago.
—¿Qué tiene que ver eso con mi hija?
Renata giró hacia él.
—Todavía no lo sé.
—Entonces no la metas en problemas que no son suyos.
Santiago lo observó con una incredulidad casi tranquila.
Minutos antes, Don Ricardo había gritado que Valeria había destruido el apellido de la familia.
Ahora, ante la posibilidad de algo mucho más grave que una fuga romántica, su primera reacción era protegerla.
Renata volvió a hablarle solamente a Santiago.
—Necesito que recuerdes quién tuvo acceso a tu saco desde anoche.
Él cerró los ojos un segundo.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Valeria.
Ella había insistido en que dejara el saco en una habitación de la hacienda porque, según dijo, una costurera tenía que revisar una pequeña arruga antes de la ceremonia.
Santiago no había pensado nada raro.
Era su boda.
Había obedecido cientos de instrucciones durante los últimos dos días sin detenerse a preguntar por qué.
—Valeria tuvo mi saco durante casi una hora —dijo.
Don Ricardo levantó la voz.
—Eso no demuestra absolutamente nada.
—No —respondió Santiago—. Pero explica cómo pudo desaparecer mi credencial.
Renata extendió la mano.
—Dame tu teléfono.
Mateo se lo entregó.
Ella abrió nuevamente la fotografía que todavía estaba proyectada en la pantalla gigante del salón.
Valeria aparecía abrazando a Mauricio en el aeropuerto, con el pasaporte en una mano y la caja transparente con la parte superior del pastel en la otra.
Renata amplió la imagen.
—Mira junto a la pierna de Mauricio.
Santiago acercó la pantalla a su rostro.
Había un estuche negro, estrecho y rígido, parcialmente oculto detrás del cuerpo de Valeria.
Para cualquiera podía parecer equipaje de mano.
Para Santiago no.
Reconoció la forma, la manija y una pequeña marca clara cerca de una esquina.
Él mismo había reparado ese estuche tres semanas antes porque uno de los cierres no ajustaba bien.
—Es el estuche del violín.
Mateo miró de nuevo la pantalla gigante.
—¿Estás seguro?
—Lo tuve sobre mi mesa casi todos los días durante un mes.
Renata no celebró el hallazgo.
Tampoco dijo que aquello demostrara quién había sacado el instrumento.
—Reconocer el estuche no basta —dijo—, pero sí significa que no podemos tratar esto como una simple fuga.
Santiago levantó la vista hacia la imagen de Valeria.
Por primera vez desde que empezó la humillación pública, dejó de preguntarse por qué ella había preferido a Mauricio.
La pregunta había cambiado.
Ahora necesitaba saber cuánto de los últimos meses había sido verdadero.
Don Ricardo se acercó al teléfono.
—Enséñame esa foto.
Santiago se lo mostró sin entregárselo.
El empresario observó el estuche y apretó la mandíbula.
—Puede ser cualquier cosa.
—Puede ser —dijo Renata—. Por eso nadie está acusando todavía a nadie.
—Acabas de insinuar que mi hija robó cuarenta y cinco millones.
—Yo dije que desapareció un instrumento y que la credencial de Santiago fue utilizada.
Don Ricardo señaló a Santiago.
—Pues tal vez él sabía perfectamente lo que estaba pasando.
Los padres de Santiago levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Mateo avanzó un paso, pero Santiago le tocó el brazo.
—Déjalo.
Don Ricardo aprovechó.
—Trabajas en ese taller, conoces los accesos, sabes cuánto valen esos instrumentos y mi hija acaba de dejarte plantado frente a ciento cincuenta personas.
Renata lo miró sin parpadear.
—Y Santiago lleva toda la mañana aquí.
Don Ricardo abrió la boca.
Ella señaló discretamente los teléfonos que seguían grabando alrededor del salón.
—Su propio espectáculo acaba de darle algo que usted no estaba considerando: decenas de videos con hora, conversaciones, fotografías y personas que pueden ubicarlo en esta hacienda mientras su credencial era utilizada en otro lugar.
Mateo soltó una risa corta, sin humor.
—Resulta que grabar la humillación también sirve para otras cosas.
Varios invitados bajaron sus teléfonos.
Santiago miró a Renata.
Entonces entendió otra parte de su llegada.
—¿Por eso dijiste que nos casáramos?
Renata negó lentamente.
—No cuando entré.
—¿Entonces?
—Entré porque vi lo que estaban haciendo contigo y porque necesitaba hablar contigo sobre el taller antes de que te fueras detrás de Valeria.
Renata miró hacia el arco.
—Lo de la boda se me ocurrió cuando vi a todos grabándote como si tu peor día fuera entretenimiento.
Santiago casi sonrió.
—Sigue siendo una pésima idea.
—Nunca dije que fuera buena.
Mateo intervino.
—¿Y ahora qué hacemos con ciento cincuenta personas que creen que ustedes se van a casar?
Renata soltó la mano de Santiago por primera vez desde que había entrado.
—Ahora dejamos de actuar.
Aquella frase le dolió menos de lo que Santiago esperaba.
Renata se colocó frente a él.
—Escúchame bien. No tienes que convertir una traición en otra decisión impulsiva para demostrar que sigues de pie.
Santiago miró el lugar donde habían estado tomados de la mano.
Renata continuó.
—Si algún día haces algo importante conmigo, quiero que sea porque tú lo elegiste, no porque ciento cincuenta personas estaban mirando.
Esa vez nadie se rio.
Santiago respiró despacio.
Durante años había intentado probar cosas.
Que era suficientemente bueno para Valeria.
Que su trabajo merecía respeto.
Que podía entrar a una familia rica sin parecer un invitado incómodo.
Que soportar ciertos comentarios era el precio razonable de amar a alguien.
Renata acababa de ofrecerle una salida que no exigía demostrar nada.
—Entonces no nos casamos hoy —dijo.
—No.
—Pero tampoco me voy de aquí corriendo detrás de Valeria.
—Eso sí me parece una buena idea.
Santiago tomó el teléfono de Mateo.
—Primero quiero saber qué pasó con ese violín.
Don Ricardo se interpuso otra vez.
—Mi hija no es una ladrona.
Santiago lo miró.
—Ojalá tenga razón.
No había ironía en su voz.
Eso incomodó más a Don Ricardo que cualquier insulto.
Renata llamó al encargado que había quedado en el taller y pidió una sola cosa: confirmar si el estuche asignado al instrumento seguía dentro del área de resguardo.
No pidió revisar diez cámaras ni abrir archivos completos.
No quería llenar el salón de rumores disfrazados de pruebas.
La respuesta llegó pocos minutos después.
El estuche no estaba.
El violín tampoco.
Renata cerró los ojos apenas un instante.
—Ya tenemos un problema real.
Don Ricardo dejó de discutir.
Santiago volvió a ampliar la fotografía del aeropuerto.
Esta vez observó algo que antes no había visto porque toda su atención había estado en Valeria.
Mauricio no abrazaba a su novia con ambas manos.
Con una sostenía la cintura de ella.
La otra permanecía cerrada alrededor de la manija del estuche negro.
Santiago sintió que las piezas empezaban a colocarse en un orden doloroso.
Mauricio había visitado la hacienda dos noches antes.
Valeria lo presentó como un viejo amigo que había pasado a dejar unos documentos relacionados con un viaje familiar.
Santiago apenas lo saludó.
Ahora recordaba que Mauricio había preguntado, con aparente curiosidad, si el trabajo de restauración de instrumentos antiguos realmente podía valer tanto como decían.
Santiago había respondido sin sospechar.
Le explicó que algunos instrumentos podían costar más que una casa grande y que el taller manejaba protocolos estrictos.
Valeria estaba al lado.
Había escuchado todo.
—Yo les expliqué cuánto podía valer un instrumento —murmuró.
Renata negó.
—No conviertas información normal en culpa.
—También sabía que yo tenía acceso.
—Mucha gente sabe dónde trabajas.
Santiago no respondió.
Renata añadió:
—La responsabilidad empieza donde alguien decide usar esa información para hacer daño, no donde tú contestaste una pregunta durante una conversación.
Don Ricardo caminó hacia una mesa y apoyó ambas manos sobre ella.
La madre de Valeria se acercó, todavía con los ojos hinchados.
—Ricardo, llámala.
—Ya le marqué veinte veces.
—Hazlo otra vez.
Santiago habló antes de que pudiera hacerlo.
—No desde tu teléfono.
Don Ricardo se volvió.
—¿Ahora tú me vas a decir cómo hablar con mi hija?
—Si sabe que sospechamos del estuche, pueden deshacerse de él o cambiar de rumbo.
Renata asintió.
—Santiago tiene razón.
Don Ricardo apretó los labios.
Por primera vez en años, el hombre que lo había llamado carpintero fino frente a sus amigos tuvo que aceptar que Santiago sabía más que él sobre algo importante.
No fue una victoria agradable.
Fue solamente necesaria.
Entonces el teléfono de Santiago vibró.
Todos miraron la pantalla.
Era Valeria.
No una llamada.
Un mensaje.
«No hagas una escena. Cuando todo se calme te explicaré.»
Mateo soltó una carcajada incrédula.
—¿Que no hagas una escena?
Santiago no respondió.
Llegó otro mensaje.
«No metas a mi papá.»
Renata observó a Santiago.
—Ella todavía no sabe que vimos el estuche.
Santiago escribió solamente una frase.
«¿Dónde está mi credencial del taller?»
El indicador mostró que Valeria estaba escribiendo.
Desapareció.
Volvió.
Desapareció otra vez.
Pasaron casi dos minutos.
Finalmente llegó la respuesta.
«No sé de qué hablas.»
Santiago miró a Renata.
—No le pregunté si la había usado.
Renata entendió de inmediato.
Valeria podría haber contestado simplemente que no sabía dónde estaba.
Pero su reacción no resolvía nada y, al mismo tiempo, mostraba que la pregunta la había inquietado.
Santiago guardó el teléfono.
—No voy a seguir escribiéndole.
Don Ricardo se enderezó.
—Yo sí.
—Entonces hazlo, pero no menciones el violín.
El empresario estuvo a punto de discutir otra vez.
Su esposa lo detuvo.
—Ricardo, por una vez escucha.
Aquella frase cambió el equilibrio de la familia más que cualquier grito.
Don Ricardo tomó aire y escribió un mensaje corto a su hija diciéndole que su madre estaba mal y que necesitaban saber si se encontraba bien.
Valeria contestó casi de inmediato.
«Estoy bien. No voy a regresar.»
Después agregó:
«Diles que esto era necesario.»
Santiago leyó la frase desde lejos.
Necesario.
Esa palabra quedó suspendida entre todos.
No era la forma en que alguien describía una decisión romántica impulsiva después de publicar que por fin había elegido su libertad.
Parecía parte de un plan.
Renata pidió que el personal del taller protegiera los accesos restantes y reportara formalmente la desaparición del instrumento a quienes correspondiera.
No prometió recuperar cuarenta y cinco millones en una tarde.
No fingió tener respuestas que todavía no tenía.
Después miró a Santiago.
—Hay algo más que necesito decirte.
—Dime.
—El instrumento estaba bajo mi responsabilidad final.
—Pero usaron mi credencial.
—Y por eso podrían intentar que parezca tu responsabilidad.
Santiago miró alrededor del salón.
Ciento cincuenta invitados.
Videos.
Fotografías.
Un padre furioso.
Una novia en el aeropuerto.
Una jefa que había llegado sin invitación y había anunciado una boda falsa para evitar que lo destrozaran frente a todos.
De pronto, la humillación que había querido borrar se convertía en la prueba más sencilla de dónde había estado.
Mateo levantó su propio teléfono.
—Tengo un video de hace más de una hora ayudándote con la corbata.
El padre de Santiago habló desde atrás.
—Yo tengo fotos desde que llegamos.
Su madre agregó:
—Y estuvo con nosotros casi toda la mañana.
Otros invitados comenzaron a murmurar que también tenían grabaciones.
Santiago levantó una mano.
—No necesito que nadie publique nada más.
Varias personas bajaron los celulares.
—Si después se necesita confirmar dónde estaba, ya habrá tiempo de hacerlo. Pero esto dejó de ser un espectáculo.
Fue la primera vez que Santiago puso una regla frente a toda aquella gente sin mirar a Valeria para comprobar si estaba de acuerdo.
Y nadie se burló.
Renata tomó su bolsa.
—Tenemos que salir.
Santiago miró el arco de flores.
—¿Al taller?
—Primero a poner en orden lo que sabemos y entregar lo necesario. Después veremos.
Mateo le dio una palmada en el hombro.
—Yo me quedo con tus papás.
Don Ricardo caminó hacia ellos.
—Voy con ustedes.
Santiago negó.
—No.
—Es mi hija.
—Precisamente.
Don Ricardo frunció el ceño.
Santiago continuó.
—Si Valeria te llama, quiero que puedas hablar con ella sin saber cada detalle de lo que se está haciendo. Tal vez diga algo que no diría si cree que estás con nosotros.
Renata observó a Santiago con una mezcla de sorpresa y aprobación.
Don Ricardo tardó en aceptar.
Pero aceptó.
Cuando Santiago y Renata llegaron a la salida, la madre de él se acercó.
No le dio un discurso.
Solo le acomodó la solapa del saco, como había hecho cuando era niño antes de alguna ceremonia escolar.
—Ese bolsillo está roto —dijo.
Santiago miró hacia abajo.
No estaba roto.
La costura interior había sido abierta cuidadosamente.
Renata acercó la mano sin tocarla.
—Tu credencial no se cayó.
Santiago pasó los dedos por el borde.
Alguien había descosido el forro lo suficiente para sacar lo que hubiera dentro y después había vuelto a acomodarlo.
Sintió un escalofrío.
No era improvisación.
La desaparición de Valeria no había empezado en el aeropuerto.
El plan había comenzado antes.
Durante las horas siguientes, las cosas dejaron de parecer una telenovela de boda y adquirieron una lógica mucho más fría.
La credencial de Santiago había sido usada para retirar el violín de su zona de resguardo.
El instrumento no estaba registrado como entregado a ningún cliente.
El estuche que Santiago reconoció aparecía en la fotografía de Mauricio.
Y Valeria se había marchado justo el día en que cientos de personas esperarían que Santiago estuviera distraído, vestido para casarse y rodeado de invitados.
La boda no había sido solamente el escenario de una fuga.
También había creado la distracción perfecta.
Pero había un problema con el plan.
Valeria y Mauricio habían contado con que Santiago reaccionara como todos esperaban.
Que corriera al aeropuerto.
Que gritara.
Que desapareciera durante algunas horas.
Que nadie pudiera decir con precisión dónde estuvo después de descubrir la traición.
Renata había roto esa secuencia al tomarlo de la mano frente a todos.
Su anuncio impulsivo había mantenido a Santiago dentro del salón, rodeado de cámaras, durante el periodo en que más podía convenir que pareciera descontrolado o ausente.
Al caer la tarde, Don Ricardo recibió una llamada de Valeria.
Él puso el altavoz únicamente después de que su esposa se acercó.
—Papá, necesito que me ayudes.
Su voz ya no sonaba triunfante.
—¿Dónde estás?
—No importa.
—Claro que importa.
Valeria respiró con dificultad.
—Mauricio dice que tenemos que seguir con el plan.
Don Ricardo se quedó inmóvil.
—¿Qué plan?
Hubo una pausa.
—El viaje.
—Valeria, dime dónde está la tarjeta de acceso de Santiago.
Silencio.
Don Ricardo cerró los ojos.
—Hija.
—Yo no quería que pasara así.
Aquella frase fue suficiente para que su madre se llevara una mano a la boca.
—¿Qué hiciste? —preguntó Don Ricardo.
—Mauricio dijo que nadie iba a salir lastimado.
—¿Qué hiciste?
Valeria empezó a llorar.
—Yo solo conseguí la tarjeta.
Don Ricardo se sentó.
La confesión no resolvía toda la historia.
Pero cambiaba una parte fundamental.
Valeria había participado.
—¿Y el violín?
—Yo nunca lo toqué.
—¿Dónde está?
—Mauricio lo tiene.
—¿Sigues con él?
La respiración de Valeria cambió.
—No.
Esa respuesta abrió una pregunta peor.
Mauricio ya no estaba con ella.
Valeria explicó entre frases cortadas que, después de la fotografía en el aeropuerto, él recibió varias llamadas.
Le dijo que tenían que separarse por unas horas y que se reunirían después.
Se llevó el estuche.
También se llevó el dinero que habían preparado para el viaje.
Valeria se quedó con una maleta, el pasaporte y la caja del pastel que había tomado de la hacienda como gesto de desafío.
Entonces entendió que Mauricio podía haber planeado escapar también de ella.
Don Ricardo apretó el teléfono.
—Regresa.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Me van a odiar todos.
Su madre respondió por primera vez.
—Eso ya no es lo importante.
Valeria comenzó a decir que no quería enfrentarse a Santiago.
Don Ricardo la interrumpió.
—No vas a decidir esto pensando en quién te mira. Vas a regresar porque tienes que hacerte responsable de lo que hiciste.
Horas después, Santiago recibió la noticia a través de Renata.
Valeria había vuelto.
No llegó como la mujer desafiante de la fotografía.
Llegó con la misma ropa blanca, el cabello de novia empezando a deshacerse y la caja transparente todavía entre las manos.
Santiago aceptó verla una sola vez.
No para reconciliarse.
No para escuchar una explicación sobre Mauricio.
Quería entender cuándo su relación se había convertido en una herramienta para entrar al taller.
Valeria no pudo mirarlo durante los primeros minutos.
—Mauricio decía que tú nunca perderías el trabajo —murmuró—. Que el seguro cubriría todo.
Santiago permaneció de pie.
—¿Y si pensaban que fui yo?
Valeria no contestó.
—¿Lo pensaste alguna vez?
—Él dijo que nadie podría probarlo.
Santiago sintió que esa respuesta era peor.
—No te pregunté qué dijo él.
Valeria levantó los ojos.
—Sí lo pensé.
—¿Y aun así tomaste mi credencial?
Ella empezó a llorar otra vez.
—Pensé que podríamos irnos y que después todo se arreglaría.
—¿Nosotros?
Valeria se quedó callada.
Santiago entendió.
Nunca había existido un nosotros en ese plan.
Mauricio había prometido una vida distinta, dinero y una fuga emocionante.
Valeria había aceptado sacrificar la reputación de Santiago porque estaba convencida de que él sobreviviría a las consecuencias.
Durante años había llamado insignificante a su oficio.
Al final, utilizó precisamente ese oficio porque sabía que alrededor de él circulaban cosas de enorme valor.
Santiago miró la caja transparente.
—¿Por qué llevaste eso?
Valeria observó la parte superior del pastel.
—Quería que todos vieran que no me importaba la boda.
Santiago asintió lentamente.
—Y ahora la has cargado todo el día.
Valeria miró el objeto como si lo viera por primera vez.
La burla pública que había elegido llevarse consigo se había convertido en una carga absurda que no sabía dónde dejar.
Santiago no le pidió disculpas.
Tampoco la insultó.
—Tienes que contar exactamente lo que hiciste y aceptar lo que venga después.
—¿Me odias?
Santiago pensó antes de responder.
—Ya no quiero organizar mi vida alrededor de lo que siento por ti.
Fue lo último que le dijo.
La recuperación del violín no ocurrió gracias a una persecución espectacular.
Mauricio había intentado negociar el instrumento utilizando contactos que conocían el mercado de piezas antiguas, pero un objeto de ese valor y procedencia no podía circular con la facilidad que él imaginaba.
La alerta sobre su desaparición cerró rápidamente las opciones que esperaba utilizar.
El estuche apareció antes de que pudiera completar la venta y el violín regresó al control de sus responsables sin daños graves.
Valeria reconoció su participación y dejó de intentar presentarse como una víctima de Mauricio.
Él la había manipulado, sí, pero ella había tomado decisiones concretas.
Había conseguido la credencial.
Había ayudado a crear la distracción.
Había aceptado que Santiago pudiera quedar bajo sospecha.
Don Ricardo pagó un precio que no podía medir en los un millón ochocientos mil pesos de la boda cancelada.
Tuvo que sentarse frente a Santiago y admitir algo mucho más difícil para él.
—Me equivoqué contigo.
Santiago esperó.
Don Ricardo continuó.
—Durante años traté tu trabajo como si fuera poca cosa porque no entendía cómo medirlo.
—No necesita entenderlo.
—Lo sé.
—Solo necesitaba dejar de humillarlo.
Don Ricardo bajó la mirada.
—También lo sé.
No se hicieron amigos.
No hubo abrazo.
Pero fue la primera conversación entre ambos en la que Don Ricardo habló con Santiago sin tratar de colocarse por encima de él.
Semanas después, Santiago regresó a su mesa en el taller.
El violín de cuarenta y cinco millones ya no estaba allí.
Había sido entregado de manera segura a su propietario después de completar las revisiones necesarias.
En su lugar había un violonchelo con una grieta complicada cerca del borde.
Renata dejó una taza junto a su mesa y observó el instrumento.
—¿Tiene arreglo?
Santiago pasó el dedo a unos centímetros de la madera, sin tocar todavía la fractura.
—Sí.
Renata sonrió.
—Eso dices de casi todo.
—De los instrumentos.
—Ah.
Santiago la miró.
—Con las personas estoy intentando dejar de hacerlo.
Renata se quedó a su lado.
Durante aquellos días no había vuelto a mencionar la falsa boda.
Tampoco convirtió aquel gesto en una deuda emocional.
Eso fue precisamente lo que hizo que Santiago empezara a pensar en él de otra manera.
—Te debo una pregunta —dijo.
—Me debes varias.
—¿En serio estabas dispuesta a caminar hasta el altar conmigo?
Renata apoyó una mano sobre la mesa.
—Estaba dispuesta a evitar que salieras corriendo detrás de alguien que acababa de humillarte.
—No contestaste.
—Sí.
Santiago esperó.
Renata suspiró.
—Sí, habría llegado hasta el altar.
—¿Y luego?
—Habría inventado algo antes de que firmaras cualquier cosa.
Santiago soltó una carcajada que no había podido permitirse el día de la boda.
—Gran plan.
—Funcionó mejor de lo esperado.
—Casi terminamos casados.
—Técnicamente, no estuvimos tan cerca.
—Renata.
—Está bien. Fue una locura.
Por primera vez, pudieron recordar aquel momento sin que Santiago sintiera que todos seguían observándolo.
Pasaron meses antes de que salieran juntos a cenar.
Más meses antes de que Santiago aceptara llamar relación a lo que estaba creciendo entre ellos.
Renata nunca le pidió que olvidara lo ocurrido.
Santiago nunca la convirtió en la mujer que lo había salvado de otra mujer.
Eso habría sido demasiado sencillo.
Lo que construyeron funcionó precisamente porque ninguno utilizó al otro para borrar a Valeria.
Un año después, durante una comida pequeña con sus padres y Mateo, Renata dejó una caja sobre la mesa.
Santiago la miró con desconfianza.
—Después de lo del pastel, no me gustan las cajas transparentes.
—Esta no lo es.
Dentro había una credencial nueva del taller.
No era un regalo extraordinario.
Santiago ya tenía una desde hacía meses.
Esta llevaba una pequeña funda de cuero que Renata había mandado hacer para evitar que se dañara entre las herramientas.
—¿Eso es todo? —preguntó Mateo.
Renata lo miró.
—¿Esperabas un violín de cuarenta y cinco millones?
—Mínimo.
Santiago tomó la credencial y pasó el pulgar sobre la funda.
El objeto que una vez había sido robado de su saco para convertirlo en sospechoso ahora volvía a su mano sin miedo ni vergüenza.
Renata extendió la palma.
—¿Me la prestas?
Santiago se la entregó.
Ella la observó un momento y luego se la devolvió.
—Tuya.
Santiago cerró los dedos alrededor de la tarjeta.
Después tomó la mano de Renata.
Esta vez no había ciento cincuenta invitados grabando.
No había un arco de bugambilias esperando al fondo.
No había nadie huyendo hacia un aeropuerto ni una familia midiendo su valor.
Y por eso, cuando Santiago entrelazó los dedos con los de ella, no necesitó seguirle la corriente a nadie.