La noche antes de que Alejandro Rivas se casara con otra mujer, fui a una funeraria de Mérida a recoger las cenizas de nuestra hija.
Alma tenía apenas cuatro meses.
Cuatro meses.
Todavía balbuceaba cuando le acercaba mi rostro, cerraba sus pequeños dedos alrededor del mío y, cuando se reía, sus ojos negros se convertían en dos medias lunas.
Ahora todo lo que quedaba de ella cabía dentro de una urna blanca que yo podía sostener contra el pecho.
Mientras firmaba el último documento, mi celular sonó.
Era Alejandro.
—Jazmín, mañana quiero que estés en mi boda con Renata. Mandaré a alguien por ti.
Ni siquiera preguntó dónde estaba.
Ni una palabra sobre Alma.
—Alejandro… ¿puedes dejarme en paz de una vez?
Hubo silencio.
Después colgó.
Así era él. Frío. Autoritario. Como aquella tarde en que entró a nuestra casa acompañado de dos hombres y arrancó a Alma de mis brazos mientras yo gritaba.
—Tengo que salvar al hijo de Renata.
—¡Alma también es tu hija!
No sirvió de nada.
Para Alejandro, Mateo era más importante.
Esa misma noche conduje hasta Progreso. Caminé por la playa con la urna abrazada contra mi pecho, sintiendo cómo el agua oscura me cubría los tobillos.
Entonces escuché aquella voz que llevaba meses sin aparecer.
—Anfitriona, ¿qué estás haciendo?
Sonreí amargamente.
—Vaya. Al fin regresaste.
—¡No es momento para bromas!
El agua me llegó a las rodillas.
—Sistema, me rindo.
La voz quedó en silencio.
Yo había llegado a aquel mundo después de morir en mi vida real. El trato parecía sencillo: debía atravesar siete historias trágicas y conseguir que el protagonista masculino me amara. Si completaba las siete misiones, podría pedir un deseo.
Alejandro era mi séptima misión.
Y también era el rostro del hombre al que había amado antes de morir.
Por eso soporté demasiado.
Sus mentiras.
Su indiferencia.
Que regresara Renata, su antiguo amor.
Que me encerrara.
Hasta que permitió que llevaran a nuestra bebé a una clínica clandestina para intentar salvar al hijo de esa mujer.
Alma murió durante aquella operación.
Y algo dentro de mí murió con ella.
—Si abandonas ahora —advirtió el sistema—, tu existencia será eliminada definitivamente.
—Lo sé.
Seguí caminando.
—¿Estás segura?
Miré la urna.
—Si Alejandro no quiere soltarme, entonces tendré que ser yo quien me libere.
El mundo pareció congelarse.
—Misión siete fallida. Iniciando eliminación.
Sentí dolor, después frío y, finalmente, nada.
Pensé que todo había terminado.
Me equivoqué.
Un instante después aparecí dentro de una enorme casa de campo decorada para una boda.
Renata llevaba a Mateo en brazos.
Alejandro acariciaba la cabeza del niño con una ternura que nunca tuvo cuando Alma agonizaba.
—Papá —dijo Mateo.
Alejandro sonrió.
Renata lo miró.
—¿Crees que Jazmín venga mañana?
Él respondió tranquilamente:
—Vendrá. Quiero que vea con sus propios ojos que tú y yo somos felices.
Intenté alejarme.
No pude.
Una fuerza invisible me mantenía atada a él.
Entonces comprendí el verdadero castigo.
Había muerto, pero mi alma tendría que permanecer junto a Alejandro, viendo cómo construía con otra mujer la familia que destruyó conmigo.
Y lo peor todavía no había empezado.
PARTE 2
Tres años antes, cuando conocí a Alejandro en Guadalajara, jamás habría imaginado que terminaría odiándolo.
Su madre, Elena Rivas, había sido amiga de mi madre. Después de que yo quedara sola, me trató como a una hija y fue ella quien nos presentó.
Alejandro parecía reservado, pero conmigo era distinto.
Mandó plantar jazmines alrededor de la casa que compró en las afueras de Mérida porque decía que aquellas flores le recordaban mi nombre.
Me pidió matrimonio en ese jardín.
—Cásate conmigo, Jaz. Voy a cuidarte toda la vida.
Le creí.
Poco después quedé embarazada.
Alejandro estaba extrañamente emocionado.
—¿El bebé está sano?
Me lo preguntaba después de cada consulta.
Entonces pensé que era preocupación de padre.
Meses después comprendí que estaba comprobando otra cosa.
Durante un estudio prenatal lo vi en un hospital privado cargando a un niño de unos tres años. A su lado estaba Renata Salgado.
Doña Chayo, la mujer que había criado a Alejandro desde pequeño, trató de tranquilizarme.
—Tal vez sea una amiga, niña.
Pero esa noche él regresó oliendo al perfume de otra mujer.
—¿Dónde estabas?
—En una reunión.
Mintió mirándome a los ojos.
Cuando nació Alma, Alejandro estuvo junto a mí. La sostuvo, besó su frente y preguntó al pediatra tres veces si estaba completamente sana.
Al cumplir la niña cuatro meses, Alejandro llegó acompañado de Renata y Mateo.
Renata fue quien soltó la verdad.
—Mateo es hijo de Alejandro.
Sentí que el suelo desaparecía.
Después añadió algo todavía peor.
Mateo sufría una enfermedad renal grave. Renata había contactado a personas dispuestas a realizar un procedimiento ilegal y afirmaba que, por compatibilidad genética, Alma podía convertirse en donante.
Abracé a mi hija.
—Ni lo sueñen.
Miré a Alejandro.
—Dime que no sabías esto.
Él bajó los ojos.
—Jazmín, Mateo es mi hijo.
—¡Alma también es tu hija!
Alma comenzó a llorar.
Yo también.
Alejandro se acercó.
—Solo quieren intentar salvarlo. No debería pasarle nada a Alma.
—¿“Debería”? ¿Vas a arriesgar la vida de una bebé de cuatro meses por un niño que ni siquiera sabía que existía?
No contestó.
Aquella misma noche se llevó a Alma.
Después me mantuvo encerrada en casa, incomunicada y vigilada, mientras decía a su familia que yo necesitaba descansar.
Doña Chayo me mostraba videos de mi hija.
Alma sonreía en brazos de Alejandro.
Eso era lo más cruel: podía mirarla con ternura mientras permitía que prepararan aquella atrocidad.
Dejé de comer durante tres días hasta que finalmente me dejó verla.
Me lancé hacia Alma y la apreté contra mi pecho.
—Devuélvemela.
Alejandro guardó silencio.
—Por favor.
—Espera un poco, Jazmín. Estoy buscando otra solución.
Antes de irse, dos hombres volvieron a quitarme a mi hija.
—Te voy a odiar toda mi vida —le dije.
Se detuvo.
Pero salió por la puerta.
Días después apareció Renata luciendo un anillo.
—Alejandro me pidió matrimonio.
No respondí.
Ella sonrió.
—También tengo otra noticia. Los estudios confirmaron que Alma es compatible con Mateo.
La agarré del brazo.
—¿Dónde está mi hija?
—Ya es demasiado tarde para hacer escándalo.
Sentí que se me helaba la sangre.
Doña Chayo apareció poco después, pálida, casi sin poder respirar.
—Niña… tenemos que irnos ahora.
—¿A dónde?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—A ver a Alma.
Y entonces comprendí que aquella operación ya había comenzado.
PARTE 3
La clínica estaba escondida en un edificio sin letrero a las afueras de Cancún.
Cuando las puertas del elevador se abrieron, vi a varias personas con batas empujando una camilla diminuta hacia un quirófano.
Reconocí la manta rosa.
—¡Alma!
Corrí.
Dos hombres me detuvieron.
La puerta se cerró frente a mí.
Alejandro apareció minutos después.
—¿Este era tu “espera un poco”? —le pregunté.
No pudo mirarme.
—Jazmín… perdóname.
—Todavía puedes detenerlo.
—Ya empezó.
—Entonces entra y sáquela de ahí.
Nada.
Intenté golpearlo, pero terminé aferrándome a su camisa.
—No quiero tu dinero. No quiero tu apellido. No quiero casarme contigo. Quédate con Renata, con tu empresa, con todo. Solo dame a mi hija.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
Pero no hizo nada.
Cuando la puerta del quirófano se abrió, un médico negó lentamente con la cabeza.
No recuerdo cómo llegué hasta la camilla.
Solo recuerdo a Alma inmóvil.
Su rostro ya no estaba rosado.
Toqué sus dedos.
Fríos.
—Mi amor, mamá llegó.
Esperé.
—Alma…
Nada.
Alejandro entró detrás de mí y palideció.
—Lo siento.
Me volví hacia él.
—¿Dónde está mi hija?
—Jazmín…
—Esta no puede ser Alma. Ella se ríe cuando escucha mi voz.
Alejandro comenzó a llorar.
Yo no.
Todavía no podía aceptar que aquel hombre hubiera sacrificado a nuestra bebé por otro niño.
Una semana después él anunció que seguiría adelante con su boda.
El mismo día en que se cumplían siete días de la muerte de Alma.
Por eso, cuando mi alma apareció obligada en aquella hacienda, ya no sentía tristeza al verlo frente al altar.
Solo asco.
El lugar estaba lleno de jazmines.
Mis flores.
Alejandro se casaba con otra mujer rodeado de las mismas flores con las que me había prometido una vida entera.
Cuando terminó la ceremonia preguntó a su asistente:
—¿Dónde está Jazmín?
—No pudimos encontrarla.
Renata frunció los labios.
—Quizá decidió no venir.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Vendrá. Voy a hacer que vea nuestra felicidad.
—Jazmín no va a venir.
Todos voltearon.
Elena Rivas, la madre de Alejandro, apareció acompañada por Doña Chayo y varios agentes.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
—Intentando entender en qué clase de monstruo se convirtió mi hijo.
Doña Chayo rompió a llorar.
—Señor Alejandro… la señorita Jazmín está muerta.
El rostro de Alejandro quedó vacío.
—¿Qué dijiste?
—Fue a recoger las cenizas de Alma y después desapareció. Encontraron sus cosas cerca del mar.
—No.
Retrocedió.
—No. Ella no puede morir.
Elena lo miró con rabia.
—Primero permitiste que muriera tu hija. Después dejaste sola a la madre de esa niña. ¿Qué esperabas?
Alejandro salió de la boda como un loco.
Me vi obligada a seguirlo.
Fue primero a reconocer mi cuerpo.
Cuando levantó la sábana solo resistió un segundo.
Después regresó a nuestra casa.
Los jazmines del jardín estaban marchitos.
En mi habitación encontró la ropa que yo había comprado para Alma.
La apretó contra el pecho.
Y finalmente lloró.
—¿Ahora sí? —murmuré aunque él no podía escucharme—. Cuando estaba viva no me creíste. Cuando Alma estaba viva no la protegiste. ¿Y ahora lloras?
Renata llegó aquella noche con Mateo.
—Alejandro, nosotros todavía podemos ser una familia.
Él levantó la vista.
—¿Crees que Alma me odiaba?
Renata quedó desconcertada.
—Era una bebé.
—Precisamente. Ni siquiera sabía hablar y yo permití que la llevaran a una mesa de operaciones.
—Pero Mateo está vivo gracias a ella.
La expresión de Alejandro cambió.
—¿Y Jazmín?
—Su muerte no fue culpa nuestra.
Él soltó una risa seca.
—Hoy era el séptimo día de Alma. Y nosotros celebramos una boda.
Entonces Elena llamó.
Había mandado repetir en laboratorios distintos la prueba de paternidad de Mateo.
Era falsa.
Mateo no era hijo de Alejandro.
Renata llevaba años engañándolo.
El silencio que siguió fue espantoso.
Yo esperaba sentir satisfacción.
No sentí nada.
Porque aquella revelación no devolvería a Alma.
Alejandro miró a Renata como si fuera una desconocida.
—¿De quién es?
Ella comenzó a tartamudear.
—Puedo explicarlo.
—¿Sacrifiqué a mi hija por una mentira?
Renata intentó acercarse.
—Yo solo quería salvar a Mateo.
—Y yo fui suficientemente estúpido para ayudarte.
Ese fue el único momento en que Alejandro dijo algo verdadero.
La investigación reveló que Renata había pagado por documentos médicos manipulados y utilizado contactos vinculados con una red clandestina de trasplantes. También había vendido información de una de las empresas de los Rivas para financiar parte de aquella operación.
Fue detenida.
Alejandro descubrió entonces algo todavía más incómodo: su propia familia hizo todo lo posible para reducir su responsabilidad legal.
Elena había perdido a su nieta, pero Alejandro seguía siendo su único hijo.
Los abogados de los Rivas cargaron la mayor parte de los delitos sobre Renata y los responsables de la clínica.
Yo observaba aquello con rabia.
Ni siquiera después de destruirnos iba a pagar completamente.
Antes de desaparecer de la playa yo había dejado copias de documentos, mensajes y grabaciones para la policía y para Elena. Quería justicia para Alma.
Pero aquel mundo parecía empeñado en proteger a Alejandro.
Entonces él empezó a comportarse de manera extraña.
Dormía en mi habitación.
Veía una y otra vez los videos de Alma.
Mandó plantar nuevos jazmines.
Todos se secaron.
—¿No hay manera de salvarlos? —preguntó una tarde al jardinero.
No supe si hablaba de las flores o de nosotras.
Una noche comenzó a golpearse la cabeza y a repetir:
—Esto no era lo que tenía que pasar.
El sistema apareció de nuevo junto a mí.
Su voz estaba llena de interferencias.
—Anomalía detectada… conciencia autónoma… colapso narrativo…
—¿Qué significa eso?
No respondió.
Al día siguiente Alejandro visitó nuestras tumbas.
Llevó ropa de Alma y una rama de jazmín.
—Perdóname, pequeña.
Después miró mi nombre grabado en la lápida.
—Jaz, yo sabía que algo estaba mal.
Sentí un escalofrío.
Esa noche comprendí la verdad.
Alejandro también podía escuchar un sistema.
Durante meses una fuerza había manipulado sus decisiones.
Él recordaba querer detenerse cuando Renata propuso utilizar a Alma.
Recordaba intentar decirme la verdad.
Pero cada vez que se resistía, sus palabras cambiaban y su cuerpo actuaba de acuerdo con una historia ya escrita.
El sistema le aseguraba que yo era “la protagonista” y que, sin importar cuánto sufriera, nunca moriría.
Por eso repetía siempre:
“Espera un poco.”
Creía que tendría tiempo para romper el guion.
No lo tuvo.
Cuando yo morí, algo dentro de él despertó completamente.
Y comenzaron los recuerdos.
Alejandro soñó con seis vidas anteriores.
En una éramos hijos de familias poderosas enfrentadas durante los últimos años del México colonial y terminó condenándome por proteger el nombre de su familia.
En otra crecimos juntos en una hacienda durante el Porfiriato y acabamos convirtiendo el amor en resentimiento.
En una tercera, durante la Revolución, él llegó al poder mientras mi familia lo perdía todo y permitió que me humillaran hasta destruirme.
En otra me convirtió en prisionera para vengar la muerte de su padre.
En otra, ya en el México moderno, yo pertenecía a una familia rica que había caído en desgracia y él, después de construir un imperio empresarial, utilizó su poder para devolverme cada desprecio que alguna vez creyó recibir.
En la sexta fui simplemente una mujer atrapada en una relación donde él confundía obsesión con amor.
En todas las vidas ocurría lo mismo.
Yo moría.
Y él quedaba condenado a recordarme demasiado tarde.
Pero hubo un último recuerdo.
No pertenecía a ninguna novela.
Era nuestra vida verdadera.
Alejandro no era Alejandro.
Era Adrián.
Mi Adrián.
Nos conocíamos desde niños. Compartimos pupitre, universidad, primeros trabajos y finalmente un departamento diminuto que apenas podíamos pagar.
Nos casamos rodeados de jazmines.
Aquella noche yo le dije frente a todos:
—Adrián, te amo más que a nadie.
Él quería una hija.
—Se llamará Alma —decía—. Y si se parece a ti, voy a consentirla toda la vida.
Nuestra felicidad terminó una Nochevieja.
Fuimos a una plaza llena de gente para recibir el año.
Después de la cuenta regresiva comenzó una estampida.
Adrián me cubrió con su cuerpo.
Yo sobreviví.
Él quedó en estado vegetativo.
Durante años esperé que despertara.
Le hablaba todos los días.
Celebraba su cumpleaños junto a aquella cama.
Envejecí esperando.
Cuando finalmente morí, mi último pensamiento fue sencillo:
“Si existe otra vida, quiero encontrarlo otra vez.”
Después apareció el sistema.
Me ofreció siete misiones a cambio de un deseo.
Cuando me mostró posibles protagonistas, elegí siempre el rostro de Adrián.
Por eso soporté seis tragedias.
Pensaba que, detrás de cada hombre cruel, todavía estaba él.
Hasta que murió Alma.
Aquello rompió mi ilusión.
Mi Adrián se había sacrificado para salvarme de una multitud.
Jamás habría sacrificado a nuestra hija.
Por eso abandoné la séptima misión.
Por eso preferí desaparecer.
Alejandro, después de recuperar aquellos recuerdos, llegó a la misma conclusión.
El mundo estaba convirtiendo nuestra historia de amor en una cadena interminable de tragedias.
Y decidió romperla.
Aquella noche volvió a nuestra casa dispuesto a terminar con su propia existencia.
Yo grité que se detuviera.
Por primera vez, giró hacia donde estaba mi espíritu.
—¿Jazmín?
Me quedé paralizada.
Sus ojos ya no parecían los de Alejandro.
—¿Eres tú?
Por un instante volví a ver a Adrián.
—No tienes derecho a seguirme —le dije llorando—. Todavía tienes que pagar por todo lo que hiciste.
Él sonrió con tristeza.
—Lo sé. Y sé que tú nunca vendrías a perdonarme.
El mundo comenzó a temblar.
Las paredes se quebraron como si fueran decorados de cartón.
El sistema gritaba dentro de mi cabeza.
—¡Colapso! ¡El protagonista ha rechazado completamente el programa!
Todo desapareció.
Cuando recuperé la conciencia estaba frente a una puerta blanca.
—¿Qué ocurrió?
El sistema tardó en responder.
—La conciencia del protagonista despertó. Recordó todas las vidas y destruyó el patrón narrativo desde dentro.
—¿Y Alejandro?
—El programa que lo controlaba dejó de funcionar. La séptima historia ha sido cancelada.
—Entonces yo también seré eliminada.
—No.
—Pero abandoné la misión.
—El colapso reveló fallas graves en todo el sistema. La administración considera que tus decisiones ayudaron a descubrirlas. Así que tu recompensa sigue vigente.
Me quedé en silencio.
—Puedes pedir tu deseo.
Me reí.
—Ni siquiera me preguntaste qué quiero.
La puerta comenzó a abrirse.
Al otro lado había sol.
Árboles.
Voces.
Una vida normal.
La voz del sistema se oyó cada vez más lejos.
—No necesitamos preguntarlo. Llevamos siete vidas escuchándolo.
Una fuerza me empujó hacia adelante.
—¡Oye! ¡Todavía no dije nada!
—Esta vez no habrá protagonistas, villanas ni guiones trágicos. Solo una vida.
El mundo cambió.
Estaba parada frente a una pequeña cafetería de Guadalajara, con libros bajo el brazo y el ruido de la ciudad alrededor.
Alguien se detuvo frente a mí.
Levanté la mirada.
Era un joven.
No Alejandro.
Adrián.
El verdadero Adrián.
Tenía la misma sonrisa de aquella vida que yo había esperado durante tantos años.
Sacó de detrás de su espalda una pequeña rama de jazmín.
—Perdona —dijo—. Sé que va a sonar extraño, pero siento que llevo muchísimo tiempo buscándote.
Las lágrimas me llenaron los ojos.
Él también comenzó a llorar sin entender por qué.
—¿Nos conocemos?
Tomé la flor.
El aroma del jazmín me devolvió siete vidas enteras.
Dolor.
Errores.
Pérdidas.
Promesas.
Y una niña llamada Alma que, quizá en algún lugar de aquel nuevo mundo, todavía estaba esperando llegar a nosotros.
Sonreí.
—Sí.
Adrián abrió mucho los ojos.
—¿De dónde?
Apreté la rama de jazmín entre mis dedos.
—De una historia demasiado larga.
Él soltó una pequeña risa.
—Entonces puedes contármela tomando un café.
Lo miré durante unos segundos.
Esta vez no había ninguna voz diciéndome qué debía hacer.
Ningún sistema marcando una misión.
Ningún guion obligándonos a lastimarnos.
Solo dos personas frente a frente.
Por primera vez después de siete vidas, elegirlo no era una tarea.
Era simplemente mi decisión.
Entré con él en la cafetería.
Antes de cruzar la puerta, Adrián se volvió.
—Por cierto… ¿cómo te llamas?
Miré el jazmín que sostenía en mi mano.
—Jazmín.
Se quedó inmóvil.
Después sonrió de esa manera que yo conocía mejor que nadie.
—Qué bonito nombre.
Yo también sonreí.
—Hace mucho que no te veía, Adrián.
Él no entendió aquellas palabras.
Todavía.
Pero caminó a mi lado.
Y por primera vez, no tuve miedo de descubrir cómo terminaría nuestra historia.
Porque esta vez nadie había escrito el final por nosotros.