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La Carta Que Puso A Un Multimillonario Contra Su Propio Imperio-aurelle

Callum volvió a leer el número del expediente y después miró a Wren, porque acababa de descubrir que la empresa que estaba a punto de quedarse con la casa de su madre era la suya.

No una filial perdida entre docenas de nombres.

No un socio del que pudiera fingir desconocimiento.

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Su empresa.

Wren le quitó la fotocopia de la mano.

—Así que cuando dijiste que administrabas propiedades, omitiste una parte bastante importante.

—Sí.

—¿Qué tan importante?

Callum sostuvo su mirada.

—Soy dueño del grupo.

Wren soltó una risa breve, incrédula.

Entonces miró hacia el salón iluminado del hotel, donde el apellido de Dahlia seguía siendo pronunciado como si perteneciera a una familia capaz de comprar cualquier cosa que quisiera.

—Claro —murmuró—. Tenía que ser eso.

Callum no intentó defenderse.

Eso, de alguna manera, la irritó más.

—¿Multimillonario?

—Sí.

—¿Y estabas aquí afuera haciéndote pasar por un hombre que “administra propiedades” mientras me proponías matrimonio para molestar a tu ex?

—No estaba fingiendo que fuera pobre.

—No, solo elegiste cuidadosamente cada palabra para que yo entendiera algo que no era cierto.

Callum bajó la vista hacia el café que ya se había enfriado.

—Tienes razón.

Wren guardó la fotocopia de nuevo en la carpeta.

Por primera vez desde que había salido de la casa de su madre con una mochila y una copia de un testamento, sintió que el frío era preferible a aceptar ayuda de alguien.

—Olvida la propuesta.

Callum levantó la cabeza.

—Wren.

—No.

Ella se colgó la mochila al hombro.

—Mi madrastra me quitó una casa porque tenía documentos que parecían más poderosos que los míos, y ahora resulta que el hombre que quiere casarse conmigo controla la empresa que pretende comprarla.

—Yo no sabía quién eras.

—Eso no mejora nada.

—Pero cambia una cosa.

Wren se detuvo.

Callum señaló la carpeta.

—Ahora sé que esa operación no debe avanzar hasta que se revise quién tiene derecho a vender.

—¿Y puedes detenerla?

—Sí.

—Entonces hazlo porque es lo correcto, no porque quieres que me case contigo.

La respuesta llegó sin demora.

—De acuerdo.

Eso la sorprendió más que cualquier promesa.

Callum sacó el teléfono, hizo una llamada breve y ordenó que ninguna firma, transferencia o cierre relacionado con aquella propiedad avanzara hasta nueva revisión.

No explicó quién era Wren.

No mencionó su propuesta.

Solo dio la instrucción.

Después guardó el teléfono.

—La operación está congelada.

Wren apretó la correa de su mochila.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que sepamos qué ocurrió.

—Eso suena muy distinto de “para siempre”.

—Porque no voy a prometerte algo que todavía no puedo probar.

Fue la primera respuesta de aquella noche que hizo que Wren no quisiera marcharse inmediatamente.

Callum miró la carpeta una vez más.

—Dijiste que tu madre dejó un testamento.

—Una copia.

—¿Dónde está el original?

—Según mi madrastra, no existe.

—¿Y esa carta?

Wren tocó sin querer el borde del sobre sellado que seguía detrás de la fotocopia.

—Era de mi mamá.

—¿Para ti?

Wren asintió.

—La encontré entre sus cosas cuando empezó a ponerse peor, pero me pidió que no la abriera hasta que ya no estuviera y yo supiera que no tenía otra salida.

Callum no preguntó por qué había esperado.

Tal vez porque veintitrés noches bajo un toldo respondían solas.

—¿Quieres abrirla ahora?

Wren miró el sobre.

Durante semanas había protegido aquella carta del agua, del frío y de manos ajenas sin atreverse a romper el sello.

Mientras permaneciera cerrada, todavía podía imaginar que su madre había escrito algo capaz de arreglarlo todo.

Una vez abierta, solo existiría lo que realmente dijera.

—No aquí.

Callum asintió.

—Tengo una suite en el hotel.

Wren lo miró.

—Eso sonó peor de lo que crees.

—Tienes razón.

Callum señaló hacia el vestíbulo.

—Podemos sentarnos en una zona pública, pedir comida y tú conservas tu mochila, tus documentos y toda la distancia que quieras.

Wren permaneció inmóvil unos segundos.

Luego miró el toldo bajo el cual había pasado casi una hora.

—Una mesa pública.

—Una mesa pública.

Entraron por una puerta lateral.

Wren notó de inmediato las miradas hacia su abrigo gastado, la mochila húmeda y los zapatos marcados por semanas de caminar más de lo necesario para mantenerse caliente.

Callum también las notó.

No dijo nada.

Simplemente caminó a su lado en vez de adelantarse.

Eligieron una mesa apartada del salón donde continuaba la fiesta de compromiso.

Callum pidió comida caliente.

Wren pidió primero una bolsa para guardar la carpeta lejos de la humedad.

Después colocó el sobre sobre la mesa.

Su nombre estaba escrito con la letra de su madre.

Wren pasó el pulgar por las letras.

—Si esto no sirve de nada, no quiero que pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de hombre poderoso que ya está buscando una forma de arreglarlo.

Callum apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No haré nada que no me pidas.

Wren rompió el sello.

La carta tenía cuatro hojas dobladas.

La primera parte no hablaba de dinero.

Su madre le pedía perdón por no haber tenido fuerzas para enfrentar ciertas decisiones mientras estaba enferma.

Le decía que había confiado demasiado en personas que prometieron ayudarla cuando ella ya no podía revisar cada papel que firmaba.

Después apareció el nombre de la madrastra de Wren.

Wren dejó de leer en voz alta.

Callum esperó.

Ella siguió en silencio hasta llegar a la segunda hoja.

Entonces frunció el ceño.

—Aquí habla de la casa.

—¿Qué dice?

Wren volvió al principio del párrafo.

Su madre explicaba que la propiedad debía quedar para Wren y que había preparado documentos para dejar clara esa voluntad.

Pero añadía algo más.

Durante los últimos meses de su enfermedad había descubierto que alguien estaba utilizando su estado para presionarla a firmar papeles relacionados con una futura venta.

No sabía cuánto se había completado ni qué documentos habían sido presentados después como definitivos.

Por eso había guardado copias de números de expediente, fechas y nombres de las empresas que habían mostrado interés en la zona.

Wren pasó a la tercera hoja.

Ahí estaba el nombre del grupo de Callum.

Él lo reconoció antes de que ella terminara de pronunciarlo.

Pero lo que siguió fue peor.

La madre de Wren había escrito que un representante relacionado con aquel grupo había asegurado que la operación seguiría adelante cuando la propiedad pudiera venderse “sin obstáculos familiares”.

Callum extendió la mano hacia la carta y se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

Wren se la pasó.

Él leyó el párrafo dos veces.

—Esa frase no debería existir.

—Pero existe.

—Sí.

—Y lleva el nombre de tu empresa.

Callum pasó a la última hoja.

Allí había un número de referencia interno.

Esta vez sí lo conocía.

No pertenecía a una operación cualquiera.

Identificaba una cartera de adquisiciones que él mismo había aprobado meses atrás como parte de una expansión respaldada por el fondo de la familia Bellamy.

Callum dejó la carta sobre la mesa.

Wren entendió su expresión.

—Tú autorizaste el proyecto.

—Autoricé la cartera general.

—¿Incluyendo mi casa?

—Incluyendo el paquete en el que aparece tu casa.

Wren se reclinó en la silla.

La ironía era casi insoportable.

El hombre que le había ofrecido un techo para utilizarla contra Dahlia podía estar beneficiándose del mismo proceso que la había dejado sin techo.

Callum respiró lentamente.

—No sabía que existía una disputa sobre la propiedad.

—Pero ganabas dinero aunque nadie te lo dijera.

—Sí.

No buscó suavizarlo.

Wren recogió la carta.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.

Callum también lo sabía.

Y ahí apareció el problema.

La cartera no era una compra aislada.

El proyecto estaba unido a financiamiento, compromisos con inversionistas y acuerdos que afectaban una parte importante del crecimiento de su compañía.

Detener una propiedad era posible durante una revisión.

Romper el proyecto completo podía costarle una cantidad enorme de dinero y poner en riesgo relaciones comerciales que había construido durante años.

Una de ellas era precisamente con la familia Bellamy.

La familia del hombre que se casaría con Dahlia.

Wren observó cómo Callum volvía a leer la carta.

—¿Cuánto te cuesta?

Él no fingió no entender.

—Si esto demuestra que hubo irregularidades más amplias y yo detengo todo hasta revisarlas, mucho.
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