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Su ex retrocedió al ver con quién bailaba Clara en aquella gala-aurelle

Lo primero que Silas Vane quiso saber, delante de todos en Meridian, no tuvo nada que ver con la compraventa: quería confirmar que Clara había vuelto bien a su departamento después de la gala.

Clara sintió que las miradas de toda la recepción caían sobre ella.

Walt Mercer seguía con la mano extendida, olvidada en el aire.

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—Sí —respondió Clara—. Llegué bien.

Silas asintió una sola vez.

—Bien.

Y caminó hacia la sala de juntas como si aquella pregunta no acabara de convertirla en el centro de la oficina.

Walt esperó a que los cuatro hombres entraran antes de acercarse a Clara.

—¿Tú conoces al nuevo dueño?

—No.

—Acaba de preguntarte si llegaste bien a tu casa.

—Ya sé lo que preguntó, Walt.

—Entonces sí lo conoces.

Clara apretó contra el pecho la carpeta que llevaba.

—Bailé con él una vez.

Walt la miró como si hubiera dicho que había cenado con un fantasma.

—¿Bailaste con Silas Vane?

Clara bajó la voz.

—Ni siquiera sabía su nombre.

Eso fue lo peor.

Durante la junta, Silas habló poco.

La adquisición llevaba meses negociándose. Los nuevos accionistas conservarían al personal mientras revisaban proyectos, contratos y gastos. No habría despidos inmediatos ni cambios de puestos aquella semana.

Eso debería haber tranquilizado a Clara.

No lo hizo.

Silas permanecía sentado al otro extremo de la mesa con una calma que parecía afectar incluso la manera en que los demás respiraban.

Los otros tres hombres casi no hablaban a menos que él les hiciera una pregunta.

Cuando Walt mencionó a Clara como una de las diseñadoras que atendía cuentas residenciales importantes, Silas no consultó ninguna lista.

—Sé quién es —dijo.

Clara levantó la vista.

Silas no sonrió.

Al terminar la junta, los empleados comenzaron a salir.

Clara también.

—Señorita Vance.

Se detuvo junto a la puerta.

—Quédate un momento.

Walt estuvo a punto de ofrecerse a acompañarla, pero Clara negó ligeramente con la cabeza.

No quería volver a necesitar a alguien parado entre ella y otro hombre.

No después de Grant.

No después de la gala.

Cuando la puerta se cerró, Clara dejó la carpeta sobre la mesa.

—Quiero una explicación.

Silas se recargó en la silla.

—Supuse que la pedirías.

—Empieza por mi nombre.

Él señaló una de las carpetas utilizadas durante la compra de Meridian.

—Tu nombre estaba en los informes del equipo desde antes de que nos conociéramos. Pero anoche no necesité eso. Holloway te llamó Clara cuando se acercó a la pista.

Clara recordó el momento.

Grant había pronunciado su nombre antes de extender la mano hacia ella.

La explicación que ella misma había repetido todo el fin de semana era cierta.

Debería haber sentido alivio.

En cambio, otra pregunta se volvió más pesada.

—¿Por qué Grant te tuvo miedo?

Silas mantuvo los ojos sobre ella.

—Eso es más complicado.

—No para mí.

Él no respondió de inmediato.

Clara cruzó los brazos.

—Mi ex nunca retrocede. Ni cuando sabe que está equivocado. Ni cuando hay veinte personas mirando. Te vio y salió casi corriendo. Quiero saber por qué.

—Porque reconoció mi cara.

—Eso ya lo sé.

Silas se levantó.

Clara dio medio paso atrás por reflejo.

Él lo notó y se detuvo al instante.

No avanzó más.

Ese pequeño gesto desarmó algo en ella porque Grant jamás habría hecho lo mismo. Grant habría visto el retroceso como una oportunidad para acercarse todavía más.

Silas apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla.

—Hay gente que llama mafia a la organización que dirijo.

Clara no dijo nada.

Había esperado una evasiva.

Una broma.

Una explicación que convirtiera la reacción de Grant en algo ridículo.

No eso.

—¿Estás diciéndome que eres…?

—Te estoy diciendo exactamente lo que preguntaste.

—¿Y compraste Meridian?

—Una sociedad de inversión bajo mi control compró la participación mayoritaria. La operación comenzó mucho antes de que tú me agarraras del saco anoche.

Clara sintió calor en la cara al recordar sus manos aferradas a las solapas del desconocido.

—Entonces esto no tiene nada que ver conmigo.

—No.

La respuesta llegó sin adornos.

Curiosamente, Clara agradeció que no intentara convertirla en algo más importante de lo que era.

—¿Y qué querías decir cuando me mandaste a casa?

—Que Holloway estaba humillado y había bebido. No sabía si intentaría seguirte para recuperar el control de la situación.

—¿Mandaste a alguien detrás de mí?

—No.

—¿Me vigilaste?

—No.

—¿Cómo sé que es verdad?

Silas inclinó apenas la cabeza.

—No lo sabes.

Aquella respuesta la sorprendió más que cualquier promesa habría podido hacerlo.

—Podría decirte que confíes en mí —continuó—, pero acabas de decirme sin palabras que eso no te sirve. Así que no voy a pedirlo.

Clara recogió su carpeta.

—Bien.

Llegó a la puerta antes de que Silas hablara otra vez.

—Clara.

Ella giró.

—No vas a recibir trato especial aquí por lo que pasó en la gala.

—Eso espero.

—Y tampoco voy a intervenir en tu vida personal si no me lo pides.

Clara sostuvo su mirada.

—Eso también espero.

Salió.

A las once con diecisiete minutos, Grant llamó por primera vez.

Clara rechazó la llamada.

A las once con veintitrés, volvió a marcar.

A las once con treinta y uno llegó el mensaje.

Necesitamos hablar sobre el hombre con el que estabas anoche.

Clara dejó el celular boca abajo.

No respondió.

Durante casi dos años había aprendido a reconocer la arquitectura de Grant.

Primero aparecía una preocupación.

Luego una advertencia.

Luego una acusación.

Después llegaba la parte en la que, de alguna manera, ella terminaba pidiéndole perdón.

A mediodía recibió otro mensaje.

No tienes idea de con quién te metiste.

A la una, otro.

Estoy tratando de ayudarte.

A las dos y seis minutos apareció el verdadero Grant.

Si estás usando a ese tipo para castigarme, esto ya se salió de control.

Clara borró la conversación sin contestar.

Esa noche salió del edificio por la entrada principal.

Silas estaba junto a un automóvil oscuro hablando con uno de los hombres que había llegado con él.

La vio.

No se acercó.

No hizo ninguna señal.

Simplemente terminó su conversación y dejó que Clara caminara hacia el estacionamiento sin convertir su salida en un acto de protección.

Ella lo agradeció más de lo que quería admitir.

Pasaron tres días.

La oficina comenzó a acostumbrarse a la nueva propiedad.

Silas aparecía temprano, hacía preguntas precisas y desaparecía durante horas. No levantaba la voz. No daba explicaciones personales. Tampoco actuaba como el hombre que todos parecían imaginar cuando escuchaban su apellido.

Eso no tranquilizaba a Clara.

Lo hacía más difícil de clasificar.

El jueves por la tarde, Walt se acercó a su escritorio.

—Hay alguien preguntando por ti.

Clara supo quién era antes de levantar la cabeza.

Grant estaba en recepción.

Sin champaña.

Sin sonrisa.

—Dile que no estoy disponible.

Walt miró hacia la entrada.

—Dice que es personal.

—Precisamente por eso.

Grant la vio desde lejos y caminó hacia ella.

—Clara, por favor.

Ella se puso de pie.

—Te pedí que no volvieras a buscarme.

—Eso fue hace dos años.

—Sigue vigente.

Grant miró alrededor antes de bajar la voz.

—Necesito cinco minutos.

—No.

—Estás cometiendo un error.

—Entonces es mío.

La mandíbula de Grant se tensó.

—No sabes lo que Vane hace con la gente.

Clara sintió varias miradas desde los escritorios cercanos.

Grant también las notó.

Por un instante recuperó aquella sonrisa moderada que utilizaba cuando quería parecer razonable frente a testigos.

—Solo estoy preocupado por ti.

Clara casi pudo escuchar a su terapeuta preguntándole qué parte de aquella frase pertenecía realmente a ella y qué parte pertenecía a Grant.

—No viniste para protegerme.

La sonrisa se endureció.

—Claro que sí.

—Entonces dime qué quieres.

Grant abrió la boca.

La cerró.

Clara esperó.

—Necesito saber qué está comprando exactamente Vane —dijo al fin—. Qué proyectos conserva Meridian, cuáles piensa vender, con quién se está reuniendo. Información básica.

Ahí estaba.

La preocupación había terminado.

La advertencia también.

Ahora llegaba la petición disfrazada de obligación.

—No.

Grant frunció el ceño.

—Ni siquiera sabes por qué lo necesito.

—No importa.

—Podría afectarte.

—Tampoco importa.

—Clara, no seas ingenua.

—Clara dijo que no.

La voz de Silas llegó desde el pasillo.

Grant se quedó rígido.

Silas avanzó hasta quedar a varios pasos de ellos.

No se puso delante de Clara.

Esta vez no.

Grant lo miró y luego volvió hacia ella.

—¿Ves? Ya habla por ti.

Silas permaneció quieto.

Clara sintió cómo la vieja vergüenza intentaba abrirse paso.

Grant conocía exactamente esa herida.

Durante años había conseguido hacerle creer que cada decisión suya era una reacción exagerada, cada límite una crueldad y cada desacuerdo una prueba de que ella era difícil.

Ahora intentaba hacer lo mismo utilizando a Silas.

Clara miró al hombre que había bailado con ella.

—No hables por mí.

Silas asintió.

—Entendido.

Grant pareció desconcertado.

Clara volvió hacia él.

—Sal de mi oficina.

—Clara…

—No me llames. No vengas a mi trabajo. No preguntes por mis proyectos. No vuelvas a utilizar la palabra preocupación para pedirme algo que te beneficia a ti.

Grant perdió por fin la expresión amable.

—¿Te sientes poderosa porque él está aquí?

Clara miró a Silas.

—Vete al otro lado del pasillo.

Walt abrió mucho los ojos.

Silas no discutió.

Se dio media vuelta y caminó hasta desaparecer detrás de la pared de cristal.

Clara quedó frente a Grant sin nadie entre los dos.

El corazón le golpeaba tan fuerte que le dolía el pecho.

Pero no retrocedió.

—Ahora vuelve a preguntarme.

Grant la observó.

—¿Qué?

—Pregúntame si me siento poderosa porque él está aquí.

Grant no contestó.

—No necesito sentirme poderosa —dijo Clara—. Solo necesito que entiendas que ya no decides cuándo termina una conversación conmigo.

Grant miró hacia el pasillo, quizá esperando que Silas apareciera.

No apareció.

—Esto no se va a quedar así.

—Sí se va a quedar así.

Clara caminó hasta la puerta principal y la sostuvo abierta.

Grant permaneció inmóvil unos segundos.

Después salió.

Ella cerró la puerta detrás de él.

Sus manos temblaban.

Esta vez no por miedo.

Por el esfuerzo.

Silas regresó solo cuando Clara volvió a su escritorio.

—¿Terminó?

—Por hoy.

—Puedo impedir que vuelva a entrar.

Clara lo pensó.

Eso no era rescatarla.

Era una medida normal dentro de un lugar de trabajo.

—Sí. Eso sí.

Silas habló con Walt y Grant dejó de tener acceso a la oficina.

Nada más.

No hubo amenaza.

No hubo hombres siguiéndolo.

No hubo una demostración de poder.

Clara se dio cuenta de que había estado esperando alguna de esas cosas y eso la incomodó.

Dos semanas después, presentó su renuncia.

Silas leyó la carta dos veces.

—¿Es por Holloway?

—No.

—¿Por mí?

Clara se sentó frente a él.

—En parte.

Silas dejó la hoja sobre el escritorio.

—Explícame.

—Pasé años reconstruyendo una vida en la que nadie tuviera poder sobre mí fuera de lo que yo decidiera darle. Ahora trabajo para un hombre al que mi ex le tuvo miedo con solo verle la cara.

Silas no intentó defenderse.

—No puedo fingir que eso no cambia el lugar —continuó Clara—. Y tampoco quiero pasar los próximos meses preguntándome si conseguí un proyecto porque soy buena o porque una noche te pedí que bailaras conmigo.

—Eres buena.

—Lo sé.

Él levantó ligeramente las cejas.

Clara sonrió por primera vez.

—Me costó dos años poder decirlo sin sentir que debía justificarme.

Silas tomó la carta.

—Entonces no voy a impedir que te vayas.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas que comprara tu permanencia?

—No sé qué esperaba.

—Yo sí.

Silas firmó la recepción de la renuncia y deslizó la hoja hacia ella.

—Esperabas que un hombre con poder intentara usarlo para decidir por ti.

Clara tomó el documento.

—¿Y no vas a hacerlo?

—No.

—¿Por qué?

Silas la miró durante varios segundos.

—Porque la primera vez que me tocaste estabas aterrada. Si vuelves a acercarte alguna vez, quiero saber que fue porque elegiste hacerlo.

Clara salió de Meridian tres semanas después.

No aceptó contratos de Silas.

No recibió dinero de él.

No recibió llamadas misteriosas de clientes recomendados por él.

Su primer proyecto independiente llegó de una pareja para la que había trabajado años antes y que encontró su nuevo correo profesional por medio de un antiguo contacto.

El segundo tardó más.

El tercero casi no alcanzó para cubrir los gastos de ese mes.

Hubo días en que Clara extrañó la seguridad de un sueldo fijo.

Aun así, cada vez que abría la puerta de su pequeño estudio y dejaba las llaves sobre el escritorio, recordaba que aquella incertidumbre era suya.

También lo eran las decisiones.

Grant intentó llamarla desde otro número una vez.

Clara reconoció la voz y colgó.

No hubo discusión.

No hubo explicación.

No hubo una última conversación destinada a darle cierre a él.

El cierre ya no le pertenecía a Grant.

Pasaron casi siete meses antes de que Clara volviera a ver a Silas.

Fue en otra gala benéfica.

Esta vez no llevaba un vestido rentado para impresionar a clientes de otra persona. Había comprado uno sencillo con el dinero de su propio estudio y había acudido porque una clienta la había invitado.

Escuchó su nombre cerca de la pista.

Se giró.

Silas estaba a unos metros.

Traje oscuro.

La misma cicatriz sobre la ceja.

La misma forma de ocupar espacio sin pedir permiso al espacio.

Pero no se acercó de inmediato.

Clara lo hizo.

—Pensé que estas cosas te aburrían.

—Me aburren.

—Entonces tienes una manera extraña de divertirte.

—Eso me han dicho.

Clara miró hacia la pista.

El grupo de músicos acababa de empezar una pieza lenta.

Por un segundo regresó a aquella primera noche: Grant avanzando hacia ella, el vaso con licor ámbar sobre la barra, sus manos agarrando las solapas de un completo desconocido.

Había pedido un baile como quien pide una salida de emergencia.

Silas siguió la dirección de su mirada.

—¿Quieres que me vaya?

Clara negó.

—No.

Él esperó.

No extendió la mano.

No hizo la invitación por ella.

Clara entendió lo que estaba haciendo.

También entendió que podía marcharse y él la dejaría hacerlo.

Eso era precisamente lo que hacía diferente aquel momento.

—Hay algo que necesito dejar claro —dijo.

—Dime.

—No quiero protección que no pida. No quiero favores que no conozca. No quiero descubrir dentro de seis meses que moviste una sola pieza de mi vida porque pensaste que era lo mejor para mí.

—De acuerdo.

—Y no confundas que te tenga cariño con que apruebe lo que haces.

La expresión de Silas cambió apenas.

—No lo confundiría.

Clara respiró hondo.

—Bien.

Entonces extendió la mano.

Silas la miró antes de tomarla.

—¿Solo una canción? —preguntó.

Clara sintió una sonrisa pequeña, completamente suya.

—Solo una.

Entraron a la pista.

La primera vez, Clara había necesitado que el cuerpo de Silas quedara entre Grant y ella.

Esta vez caminó a su lado.

Cuando Silas colocó la mano en su espalda, lo hizo con una presión ligera, esperando que Clara marcara la distancia.

Ella la marcó.

Y comenzaron a bailar.

Al otro lado del salón nadie corría.

Nadie retrocedía.

Nadie estaba llegando para salvarla.

Clara ya sabía dónde estaba la salida.

También sabía que, cuando terminara la canción, sería ella quien decidiría si se quedaba.

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